lunes, 24 de abril de 2017

Abuelo.



Incapaz de dormir, se dedicó a contemplar el oscuro cielo sobre la bahía, a través de la pequeña ventana. Siempre había necesitado muy poco sueño, así que solía dedicar el tiempo nocturno a aquellas tareas que se beneficiaran del silencio propio de la noche, como leer o ver películas viejas. Hoy, sin embargo, se sentía incapaz de cualquier cosa que requiriera concentración, así que se había limitado a permanecer en la oscuridad de su cuarto, haciendo un recuento desordenado de todo lo sucedido en las últimas semanas. 

Y realmente había mucho en que pensar. En un par de meses había pasado de ser el tranquilo sujeto experimental B04 (al que los miembros del equipo científico llamaban informalmente Angelus), a ser un fugitivo que había recorrido tres paises de Europa y dos de Asia intentado evadir a sus captores. Todavía no lograba entender del todo porque había escapado. Al ser el único clon funcional de un antiguo operativo de elite, todo su trabajo consistía en mantener su cuerpo en condiciones óptimas, para servir como un banco viviente de material genético que pudiera ser usado en otros proyectos. 

Gracias a ellos su vida era bastante agradable, sin ningun esfuerzo más allá de tener que hacer ejercicio a diario y comerse todos su vegetales, y con un nivel de libertad tal que incluso daba para que de vez en cuando lo dejaran pasear, con una escolta mínima, por las bellas calles de Roma. Todo el personal de la instalación lo trataba de muy buena manera, e incluso el jefe de seguridad, un vetusto oficial militar del cual también habían varios clones en el proyecto, lo trataba con un poco más de amabilidad que al resto de los sujetos de prueba. 

Todo el problema había empezado hace poco más de cuatro meses, una noche en la que una extraña inquietud le perturbaba el sueño. Al final, cuando había logrado quedarse dormido, había soñado con las caoticas calles de Hong Kong, una ciudad en la que hasta ese momento no conocía, para terminar contemplado allí su propia muerte. A partir de ese momento todo cambió, y empezaron a aparecer en su mente recuerdos nítidos de momentos que nunca había vivido y de lugares en los que nunca había estado. 

Preocupado por su salud mental informó a su supervisor de lo que sucedía; pero el equipo psiquiatrico del laboratorio no encontró en su mente ningún problema. Finalmente, fue el equipo de investigación primario el que dio con la respuesta: activación de la memoria genética por causas todavía por determinar. Era el primer ejemplar del proyecto que lograba recuperar la memoria de su respectivo donante original, y la sola idea causó jubilo entre todo el personal de investigación, que incluso abrió un par de botellas de vino para celebrar.

Lo que  los investigadores no sabían, porque Angelus había sido suficientemente astuto para ocultarlo, era que junto con los recuerdos también reaparecía la personalidad y el caracter del original, incluyendo su enorme recelo hacia su antigua orden y sus viejos compañeros, y su profundo deseo de libertad. No pasó mucho tiempo antes de que empezara a planear su huida, aunque esperó un par de meses, a que la situación volviera a normalizarse dentro del laboratorio, para poder escapar. 

La noche del escape todo había ocurrido sin contratiempos, ya que realmente nadie esperaba que intentara huir. Tenía claro, sin embargo, que pasarían muy pocas horas antes de que se descubriera su ausencia, y las había usado para alejarse todo lo posible del Vaticano, viajando toda la noche con dirección al norte, hasta llegar a Alemania. Sabía muy bien que en el sector anarquista de Berlín podría desaparecer sin dejar rastro, y despues de viajar durante dos días sin deternse ni un instante logró por fin encontrarse a salvo en el Kreusbazar. 

Allí había descansado durante un tiempo, saboreando su recuperada libertad en medio del caótico Berlín del Este, reencontrandose con aquellos viejos aliados que tan bien conocía, a pesar de nunca haberlos visto antes. Fue desde allí, gracias a la ayuda de Asche y de una joven Troll que lo reconocío de inmediato llamandolo abuelo (la primera de los muchos nietos y nietas que llegaría a conocer), que finalmente partió hacia Hong Kong, a poner flores en su propia tumba. 

No se quedó mucho tiempo en la isla, lo ponía demasiado nostálgico recordar su muerte, y despues de unos pocos días decidió viajar a Japón, que también se encontraba por fuera del área de influencia de sus antiguos captores. Era allí donde se encontraba ahora, viendo desde la ventana de su pequeño apartamento las brillantes luces de la bahía de Tokio y la silueta de los enormes edificios al otro lado del estrecho. Había llegado a la ciudad sin ningún objetivo en mente, pero ahora sentía que sería en este lugar donde retomaría, nuevamente, las riendas de su destino. 

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