domingo, 22 de mayo de 2016

Imperator



La hermana Margrét se sentó de forma cuidadosa, buscando una posición cómoda, y a continuación ordenó meticulosamente su escritorio, para retirar cualquier posible distracción, dejando finalmente sólo unas cuantas hojas de papel, la pluma y el tintero. Terminado el ritual preparatorio, respiró con lentitud, cerró sus ojos por un instante, y empezó a escribir de inmediato. Llevaba varias semanas intentando escribir su tercer tomo sobre la todavía reciente guerra imperial, motivada por la gran acogida que habían tenido los dos primeros; sin embargo, las constantes preocupaciones del día a día, sobre todo aquellas relacionadas con la administración de la abadía, le habían impedido por completo dedicarse a redactar el nuevo volumen.

Preocupada por su tardanza, ese día en particular se había prometido dedicar la jornada completa a la escritura, por lo cual había organizado desde muy temprano todas las tereas diarias, desde la alimentación de las gallinas hasta la liturgia, asignando responsabilidades particulares y dando, por último, la orden a su priora de que no le interrumpieran bajo ningún pretexto inferior a la quema del convento, la coronación de un nuevo emperador o la resurrección de uno de los santos enterrados en el mausoleo.

Así, para su deleite, trascurrió la mayor parte de la mañana, y fue llenando hoja tras hoja de manera de consecutivo, a medida que reconstruía en su memoria lo ocurrido, con la ventaja que confiere haber sido testigo presencial -participe dirían algunos- de los hechos que intentaba narrar. Sin embargo, la dicha no fue completa. Faltando poco para la hora del almuerzo, su trabajo fue detenido de forma abrupta por la misma priora, quien ingresó de forma abrupta al estudio, con cara evidente de preocupación.

-Almorzaré aquí, hermana Maud, no quiero detener mi trabajo por mucho tiempo. -dijo Margrét sin levantar la vista del texto, pensando que ese era el tema que traía a la priora.

-Lo siento mucho, abadesa; pero ese no es el asunto que me trae a vuestro despacho. -¿Se está quemando el convento?
-No señora.
 
-¿Eligieron un nuevo emperador?

-No señora.

-¿Ha revivido alguno de los santos bajo nuestra custodia?

-Tampoco señora.

-¿Y entonces porque me interrumpes, contrariando mis órdenes directas?
-Es que tiene usted una visita importante abadesa, que creo que debería recibir -la voz de la priora se notaba bastante contrariada.

Maud nunca había sido una mujer impertinente; por el contrario, fue justamente por confiar en su discreción y sentido de la responsabilidad que Margrét la había nombrado priora del convento, por lo cual sus palabras capturaron de inmediato su atención.

-¿Algún dignatario estatal o un miembro importante de nuestra orden?

-No señora abadesa, parece ser sólo un viajero errante.

-Maud -dijo Margrét sin reproche pero con firmeza-, a diario recibimos infinidad de peregrinos y viajeros, si bien es cierto que es mi obligación ejercer la hospitalidad y garantizar que tengan un buen recibimiento, si atendiese a cuanta persona llega a nuestra puerta, no tendría tiempo alguno para ejercer como abadesa.

-Eso lo sé muy bien, hermana Margrét -dijo la priora con un nuevo tono, mucho más firme-. Y sabe usted muy bien que nunca la interrumpiría sin una razón válida o una causa plenamente justificada.

-Lo siento priora -Margrét se dio cuenta que la había ofendido al desconfiar de su criterio-. Sé muy bien que no contrariarías mis órdenes sin una razón plenamente justificada. Simplemente tenía la esperanza de no ser interrumpida hoy. Y dime entonces, ¿qué hace tan especial a nuestro visitante?

-Es de origen noble, sin lugar a dudas, aunque no ha hecho mención particular de tal condición e intenta pasar por un simple peregrino; pero su carácter lo delata, tiene un semblante de firmeza que no pertenece a ningún mercader o penitente. Es además muy bueno con las palabras, y aunque su carácter es gentil, resulta casi imposible oponérsele o decirle que no. Juro que intenté despacharlo en cuanto me dijo su intención; pero antes de que pudiese darme cuenta estaba corriendo hacia vuestro despacho.

La breve descripción dada por Maud llamó de inmediato la atención de la abadesa, que sintió reconocer de súbito la identidad del extraño visitante. Intentó interrogar a la priora para confirmar su sospecha, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Por suerte esta siguió hablando sin prestarle atención o al menos fingiendo no notar su consternación.

-Además, ha dicho que es un viejo amigo suyo, de las épocas en que era usted apenas una novicia, y me ha dicho que recuerde que no se debe juzgar el valor del monje por la apariencia de su hábito.

Estas últimas palabras bastaron para convencer a Margrét de la identidad del viajero, y para sorpresa de Maud bajó corriendo las escaleras a toda velocidad, con dirección a la capilla, y mayor aún fue la sorpresa de las monjas que estaban allí, al ver como su jadeante abadesa aparecía de manera intempestiva y doblaba la rodilla frente al que parecía ser un viajero cualquiera. Pero fueron las palabras de su superiora las que causaron el mayor asombro:

-Saludos mi emperador, es un completo honor tenerlo bajo mi techo -levantó la vista para mirarlo a los ojos, después de tantos años. Había envejecido de forma notoria, pero su sonrisa seguía siendo la misma, con esa calidez que tanto recordaba, y que la hizo dejarse llevar por su felicidad y, rompiendo cualquier protocolo, abrazarlo con todas sus fuerzas. 

miércoles, 13 de enero de 2016

Hong Kong 03


     Comió lentamente, disfrutando el agradable sabor de la carne de pollo bañada en salsa de soya; pero con el objetivo real de tener una excusa para quedarse quieto y poder observar con detalle su alrededor, a pesar del aparente descuido de su mirada. Cuando hubo terminado, se sumergió nuevamente en el rio de gente que transitaba por la calle, que había aumentado a medida que más y más trabajadores salían de las altar torres corporativas que inundaban la isla. Recuperó el paso errático y desenfadado con el que había iniciado su caminata, y retrocedió sobre sus pasos para acercarse nuevamente a la bahía.

     -“Parece que nadie me sigue”- pensó mientras caminaba- “o al menos nadie que sea tan evidente como los dos tipos del callejón. De todos modos, más vale estar seguro”.

     Y con esta idea volvió a detenerse nuevamente, al llegar al mar, fingiendo mirar con detenimiento al otro lado del estrecho. Sin embargo, y contra sus intenciones, la vista del ajetreo nocturno en el muelle terminó por capturar su atención, y pronto se vio sumergido en sus propios pensamientos, recordando la primera vez que había llegado a la isla, hace ya tantos años.

     A tal punto estaba ensimismado, que no notó la silueta que silenciosamente se movía a sus espaldas, ocultándose en las estructuras de la bahía y acercándose lentamente a él. Sólo hasta que sintió el filo frio del chuchillo contra su riñón derecho salió de su ensimismamiento, dándose cuenta que lo habían atrapado como pocas veces en su vida. Una voz suave y agradable, y muy familiar, susurró en su oído:

      -Vaya, he logrado lo imposible, he atrapado distraído al legendario Wraith y lo tengo a mi merced. ¿O acaso será que me dejaste ganar nuevamente, como cuando éramos niños?

     -No te mentiré: no he notado que estabas aquí. Y supongo que puedes considerarlo una doble victoria, porque era justamente en ti en quien estaba pensando.

     -Oh, por Dios –dijo con un evidente tono de sarcasmo en su melódica voz- ¿es sinceridad lo que noto en tus palabras? Ahora sí que realmente he logrado lo imposible. Esta noche todos los planetas deben estar alineados a mi favor.

     -Sabes muy bien que nunca me ha gustado mentir –dijo, dándose la vuelta de forma súbita para quedar cara a cara con ella, y sosteniendo su mirada a unos pocos centímetros, con la punta del cuchillo ahora sobre su bazo.

     -Sí, es cierto –respondió aceptando el reto y manteniendo en sus ojos fijos en los de él-; pero nunca te ha gustado tampoco decir la verdad. Siempre has sido un chico silencioso. Esas nuevas compañías deben estarte cambiando.

     -La gente nunca cambia Tis…

     -Sólo se vuelve más de lo que ya es –dijo ella terminando la frase sin darle tiempo-. Debes haberme dicho eso al menos una centena de veces.

     -Bueno, al menos sirvió para que te lo aprendieras.
 
     -Tal vez, aunque todavía no termino de creérmelo.

     Y de manera súbita lo abrazó con fuerza con su brazo libre, pegando su cuerpo por completo al de él. Wraith se anticipó al dolor de la puñalada, pero para su sorpresa nunca llegó, y fue más sorprendente aun cuando los labios de Tisífone se depositaron sobre su boca, besándolo tiernamente; a pesar de ello, mientras duró el beso la punta del cuchillo nunca se separó de su carne.

     -Bueno, el tiempo apremia –dijo ella con naturalidad al separarse, bajando por fin la hoja-. Ya casi es hora de la cena, y nuestra mesa debe estarnos esperando. ¿No pensabas dejarme tirada, cierto? No te imaginas lo difícil que fue conseguir esa reservación.