lunes, 14 de julio de 2014

Requiescat in pace



Jack cerró los ojos y suavizó su respiración, tratando de alejarse por un momento del dolor que arremetía en violentas oleadas contra él. Su cuerpo estaba profundamente lastimado, cubierto de múltiples heridas de las cuales varias bastaban por si solas para acabar con la vida de un hombre. Su sangre se extendía por el suelo de forma lenta, pero inevitable, y un frio bastante familiar empezaba a apoderarse de su cuerpo.

Tal como Jack esperaba, después de unos minutos el dolor empezó a desvanecerse y junto con él el mundo a su alrededor. Todo se convirtió en sombras y el frio que llenaba su cuerpo empezó a transformase en una agradable calidez. Recuerdos de su vida, de su primera vida, aparecieron en su mente en una ráfaga de imágenes cada vez más vívidas: el pequeño pueblo al lado del mar, la casita de piedra, su madre de rodillas en el huerto sembrando los nabos que él tanto odiaba comer…

Estaba muriendo, una vez más. Nadando en el cálido lago de aguas oscuras que se situaba entre la vida y la muerte. Sintiendo la promesa del descanso que tanto anhelaba, y que siempre le había sido negado. Sin embargo, no duraría mucho. Pronto sería obligado a regresar -por capricho de los dioses y contra su voluntad- para continuar con su interminable labor, para seguir pagando su delito.

Sin embargo, y por primera vez, algo iba diferente. Seguía hundiéndose en las aguas, y el sueño se iba haciendo cada vez más fuerte, y de repente sintió el cansancio acumulado de las mil vidas que había sido obligado a vivir. “Estoy muriendo” –pensó con total asombro-, “estoy muriendo de verdad. Me han coincidido por fin el descanso que tanto he pedido y que tanto me han negado” –rió y lloró al tiempo para sus adentros, frente a la ironía de la situación-. “Justo ahora cuando, por primera vez en siglos, no estoy listo para morir”.

            -Es la hora –dijo una voz cálida dentro de su mente-. Has pagado con creces la totalidad de tus faltas, y se te concede la recompensa del descanso. ¿Estás listo para partir?

            -He estado listo durante siglos –respondió con voz temblorosa-, y lo sabes muy bien. Te he rogado incontables veces por este momento. Pero también sabes que, justo ahora, no puedo partir. Hay mucho por hacer aún y demasiada gente depende de mí -la imagen de Adira llenó su mente-, no puedo abandonarlos ahora.

            -Has batallado durante siglos –respondió la voz-, has forjado decenas de héroes y has salvado miles de vidas. ¿No crees que sea suficiente? Hay muchos otros guerreros, deja que ellos peleen esta batalla y descansa. 

            -Te burlas de mí, ¿cierto? –El tono de Jack era ahora firme- Me das lo que pido cuando sabes que no puedo aceptarlo. Esta conversación es inútil. Sabes tan bien como yo que me necesitan en este momento más de lo que nunca me han necesitado. Jamás pensé que diría esto, pero… No quiero morir ahora, no puedo morir ahora. Tienes que hacerme volver, aunque sea una última vez.

            -La rueda ha dado una vuelta completa, y este es tu punto de salida. Si no lo aprovechas ahora, tendrás que quedarte en el mundo hasta que la rueda vuelva a girar.

            -Que así sea entonces. Pagaré el precio que haya que pagar.

            -¿Dejaras pasar la oportunidad por la que tanto has rogado, para pelear una batalla que no te pertenece? ¿Vagarás errante por la tierra una vez más, durante otra era del hombre, sólo para ayudar a aquellos que ahora te necesitan? Tú presencia no garantiza la victoria en ninguna medida y es muy probable que, aunque regreses, igual todo esté perdido.

            -Sí, lo sé. Y es justamente por eso que debo regresar.

            -Entiendo -dijo la voz con un tono dulce, casi con ternura-. Que sea como tú mismo has pedido…  

            Y de repente todo fue caos. El dolor inundó su cuerpo y sintió frio una vez más. Cuando por fin logró abrir los ojos se encontró nuevamente tirado en el suelo, junto al camino, agonizando. Sus heridas mortales habían cerrado, pero todo su cuerpo se quejaba a gritos por el daño recibido. El dolor lo golpeaba nuevamente, de forma abrumadora, pero esta vez era bien recibido: era el síntoma de la vida.

Le costó varios minutos superar las náuseas y ser capaz de levantarse, y más tiempo aún ser capaz de invocar su magia para sanar su cuerpo. Cuando ya estaba listo para partir, se tomó un instante para contemplar el charco que su sangre había formado en el suelo, y en el cual todavía se contemplaba su silueta desdibujada, para luego dirigir su vista hacía el camino y repetir para sí:

            -Que así sea.