domingo, 23 de marzo de 2014

Lluvia 01



D’Angelo caminaba de forma errática en medio de la lluvia, absorto en su propios recuerdos. En principio no había tenido la intención de mojarse, pero al bajarse del metro la estación estaba tan atestada de gente buscando refugio del temporal que había preferido salir a la calle a pesar del clima. “La lluvia nunca se ha comido a nadie”  pensó al salir a descubierto, recordando las ya lejanas palabras de su sargento de instrucción, y dejándose llevar por su fobia a las aglomeraciones humanas.

Aunque sabía muy bien cuál era su punto de destino, la nostalgia que le producía su reencuentro con la ciudad lo había empujado a deambular sin rumbo por las callejuelas desoladas. Había llegado a New York esa misma mañana, después de una década de ausencia, y la ciudad lo había recibido con un cielo encapotado, una lluvia torrencial y un mar de recuerdos. Donde quiera que mirara, una imagen familiar aparecía, ya fuera en la fachada de una casa conocida, en la entrada de algún negocio que acostumbrara visitar o en las mismas calles que solía recorrer una y otra vez cada noche, durante tantos años. Parecía que nada hubiera cambiado en una década, como si el tiempo se hubiera congelado desde su partida y todo siguiera exactamente igual a como lo había dejado.

Sin embargo, una mirada detallada le demostraba que no era así. Varios negocios conocidos ya no estaban, unos cuantos edificios viejos habían sido demolidos (sin que se hubiese construido aún en los espacios), y mucha gente desconocida le miraba desde las ventanas. A decir verdad, en todo el tiempo que llevaba caminando, no había podido dar con una sola cara que le resultara familiar, y la poca gente con la que se había cruzado lo miraba con recelo y aceleraba el paso o desviaba la vista. Además, todo se veía más lúgubre y desolado, parecía que un pesado aire de soledad y abandono se hubiera apoderado del lugar.

“Debe ser la lluvia” -pensó, tratando de buscar una razón-, “el final del otoño siempre pone a la gente huraña y deprimida”. Sin embargo, no quedó del todo satisfecho con la explicación, y no podía eliminar la sensación de decadencia que lo abrumaba. Todo pareció mejorar un poco con el final del aguacero, cuando el agradable sol de la tarde volvió a brillar por encima de las viejas edificaciones, y una tenue luz dorada pareció inundarlo todo por un instante.

Pero la ilusión no duró mucho. Por el rabillo del ojo pudo ver como tres tipos que salían de un callejón detrás de él empezaban a seguirlo. Se tensó por un instante, pero al mirarlos rápidamente en el reflejo de un ventanal se tranquilizó, al ver que eran sólo un pequeño grupo de pandilleros de poca monta, con los que sería fácil lidiar de ser necesario. Se detuvo, simulando  leer el anuncio de un local cerrado, para acelerar las cosas. De forma predecible, los tres hombres aceleraron el paso y lo rodearon en un instante, mientras sacaban navajas de sus bolsillos para intimidarlo.

            -Entrega todo lo que tengas imbécil –dijo el que estaba en frente de él, mientras aceraba la navaja a su rostro-, ¡rápido! Si no quieres que te raje la cara.

            D’Angelo estuvo tentado por un instante a darles su billetera y dejarlos ir, no llevaba mucho encima, y no valía la pena ensuciarse las manos con tan poca cosa. Sin embargo, al mirar a los ojos al tipo que tenía adelante reconsideró las cosas. Su mirada estaba  llena de furia y frustración, era uno de esos tipos que después de robarlo lo apuñalaría, por la simple diversión de hacerlo.

Dio un suspiro de aparente resignación y llevo las manos hacía su chaqueta, como si fuera a sacar su billetera, pero rápidamente extendió su mano izquierda para tomar la muñeca de su atacante, en la mano donde sostenía el cuchillo, y girarla, obligarlo a extender el brazo, mientras con su mano derecha golpeaba el codo hacía arriba, dislocando la articulación de manera limpia.

Un crujido -junto con un grito de dolor- sacudió el ambiente, y D’Angelo aprovecho la sorpresa de sus agresores para seguir con su ataque. Se giró ligeramente, y hundió el talón de su pie derecho en el pecho del segundo ladrón, justo en el esternón, con toda la fuerza que le fue posible. De inmediato se dio la vuelta, para hacer frente al tercer atacante que empezaba a reaccionar. Esquivo con facilidad un navajazo errático, sin perder de vista a sus demás adversarios. 

Tal como esperaba, los otros dos tipos estaban momentáneamente fuera de combate, así que se centró en su actual agresor. Desvió con su mano derecha otra cuchillada torpe, y dio un paso rápido para acortar la distancia entre los dos, lo tomó por los hombros y lo obligó a bajar la cabeza, al tiempo en que subía una rodilla con violencia, aplastándole la nariz. El tipo, cegado por el dolor, soltó la navaja y se llevó las manos al rostro. Momento que D’Angelo aprovechó para golpearlo de manera simultánea en ambos oídos, derribándolo. Volvió a girarse de inmediato, para hacer frente al maleante que luchaba por recuperar el aliento, y sin darle tiempo para reaccionar le lanzó una patada a la sien izquierda, haciéndolo caer. 

Finalmente, y con calma, hizo frente al líder del grupo, que todavía gritaba de dolor mientras miraba atónito su codo dislocado. La furia en sus ojos había sido remplazada por miedo, y al darse cuenta que sus dos compañeros habían caído dio la vuelta para intentar huir. Sin embargo, al intentar girarse, una certera patada en la parte posterior de una de sus rodillas lo hizo caer al suelo, hecho un ovillo.

D’Angelo estuvo tentado a irse y dejarlo así, pero sabía muy bien que con esta clase de imbéciles no había lugar para ser blando. A menos que aprendieran bien la lección, y le temieran lo suficiente, volverían a molestarlo buscando venganza, atacándolo en el momento menos esperado. Así que levantó al tipo del suelo y, sin muchos miramientos, le dislocó el otro brazo, para luego dejarlo caer nuevamente contra el asfalto mientras le decía, con la voz más calmada posible:

-Más te vale que no vuelva a verte, o la próxima vez no seré tan suave.