jueves, 20 de febrero de 2014

World's Finest

      Joe frotó con su paño, una vez más, el mesón perfectamente limpio. Acomodó los saleros, puso nuevas servilletas en el dispensador, y alineó los pasteles dentro de su pequeño mostrador. Luego, cuando se convenció de que todo estaba perfecto, prendió la radio y se dedicó a contemplar con afecto su pequeño local. La pequeña cafetería familiar, que él atendía por las noches, había sido parte de su vida desde su niñez, cuando era su abuelo, y luego su padre, quienes atendían.

     Respiró profundo, y su nariz se llenó con el olor a pastel de manzana fresco y a café recién hecho que eran el emblema -y el orgullo- del lugar. Su madre aún hacía los pasteles, cada día, y él mismo se tomaba el trabajo de moler el café a lo largo de la noche, a medida que lo iba necesitando.

     El negocio era prospero ahora; pero no siempre había sido fácil y la cafetería, al igual que la ciudad de la que era parte hace más de 50 años, había pasado por momentos muy difíciles en las décadas previas, especialmente durante la época de su padre, cuando criminales y policías por igual cobraban por “seguridad”. Sin embargo, la constancia de la familia había mantenido el pequeño local a flote, y aunque había estado tres o cuatro veces a punto de cerrar, seguía estando en la misma esquina de la misma calle, donde su abuelo empezara.

     Eran casi las dos de la mañana, y había sido hasta el momento una noche tranquila. Algunos policías, amigos ahora, habían venido a comer algo antes de empezar su patrulla nocturna, y algunos más vendrían cuando hubiesen terminado; pero el local se encontraba de momento vacío y en completa calma. Los ojos de Joe recorrieron la pared del fondo, llena de fotografías de los visitantes ilustres que habían tenido durante todos esos años: Varios alcaldes, dos o tres comisionados de policía, algunas estrellas de Hollywood, varios cantantes famosos (incluyendo al mismo Sinatra que sonaba en ese justo momento en la radio), y la favorita de su padre: una foto del difunto Thomas Wayne, quien para su progenitor había sido un verdadero santo.

     Sin embargo, para Joe, faltaba la más importante de todas, la foto que nunca podría estar en la pared y que nunca se atrevería a pedir, la foto del más ilustre de todos sus comensales, de su héroe personal, del hombre que había hecho posible toda esta prosperidad y tranquilidad.

     -Tal vez venga hoy -dijo en voz baja, como si pidiera un deseo- ha sido una noche tranquila, y hace varias semanas que no pasa por aquí.

     Un par de minutos después el sonido del poderoso motor lo saco de sus pensamientos, demostrándole que su deseo había sido concedido, al tiempo en que el enorme auto negro aparcaba enfrente del local. Unos instantes después la figura negra, tan atemorizante para muchos, inundaba la calle con su intimidante presencia. Pero para él era un amigo, y un símbolo de esperanza.

     -Buena noches Joe -dijo el encapuchado mientras cruzaba la puerta-, dame lo de siempre. He traído un amigo, le he dicho que tienes el mejor pastel de manzana de Gotham. Y estoy seguro de que te dará encantado una foto para tu muro.

     Una agradable ráfaga de viento sopló mientras el inesperado visitante entraba al lugar, y los ojos de Joe se fijaron por un momento, atónitos, en la capa roja que ondeaba suavemente y en la enorme S del pecho. Luego, superado el asombro, empezó a servir el café, y sacó del mostrador su mejor pastel de manzana.