martes, 19 de agosto de 2014

End of the World

      Aparcó su vehículo en una acera, en medio de una hilera de autos abandonados, apagó el motor y bajó al tiempo en que escudriñaba el entorno de forma minuciosa. No es que esperara ver a alguien, llevaba al menos dos años sin encontrar de forma casual a otro ser humano, pero el enorme silencio de la ciudad abandonada siempre lo ponía un poco nervioso. Además, estaba al lado de un parque de gran tamaño, y los perros que había logrado sobrevivir al abandono se habían refugiado allí, volviéndose ferales a medida que el hambre había despertado sus instintos. En sus incursiones se había encontrado unas cuantas veces con la manada, hasta ahora sin mayores contratiempos; pero sabía muy bien que si habían tenido una mala semana era muy probable que lo vieron como alimento. 

      Pensando en eso había traído un paquete especial, que sacó del platón de la camioneta rápidamente. Caminó a toda velocidad en dirección opuesta a su verdadero destino, y al llegar a la esquina dejó caer al suelo el envoltorio, que contenía una cabra que había sacrificado poco antes de salir. El olor a sangre era fuerte, y no tardaría en atraer la atención de los perros, que se entretendrían durante un buen rato, permitiéndole actuar con mayor tranquilidad. De inmediato regresó sobre sus pasos, para luego dirigirse al extremo opuesto de la arboleda, hacía el solitario edificio de mediana altura que era su objetivo. Al llegar allí subió rápidamente la escalera que llevaba a la entrada, ubicada varios metros por encima del nivel del suelo, y se tomó un instante para darse la vuelta y contemplar el panorama.

     Conocía muy bien el lugar, durante años había vivido cerca y solía traer a sus propios perros a pasear cada día; sin embargo, del parque de sus recuerdos quedaba muy poco: sin presencia humana y bajo el libre influjo de la naturaleza había terminado por convertirse en un bosque de poca extensión, pero con abundante follaje. Un paraje salvaje que era un reducto de vida en medio de la ciudad desolada. Sin poder evitarlo, su vista fue un poco más lejos, un par de cuadras más allá de los linderos de la arboleda, para posarse de manera nostálgica en el pequeño edificio de cuatro pisos en el que había habitado -felizmente- durante años, y en la ventana desde la cual solía mirar al parque. 

     Habían pasado ya cinco años desde que el virus cruzara el océano, y se expandiera por el mundo, reduciendo la población de manera drástica a su paso. Algunos países lograron hacerle frente mejor que otros, saliendo bien librados de la pandemia; pero aquí, en América Latina, la sobrepoblación y la falta de un adecuado sistema de salud pública habían llevado a que la mortandad fuera tan elevada como en África, punto de origen de la infección, con unas tasas que alcanzaron el 90% en las ciudades más densamente pobladas. Llevando a los pocos sobrevivientes a abandonar las áreas urbanas y regresar al campo en busca de sustento. 
 
     Él se consideraba muy afortunado: tanto su esposa como uno de sus hermanos habían logrado sobrevivir, y todos hacían parte de una pequeña colonia agrícola situada unos pocos kilómetros al sur del área metropolitana, en lo que alguna vez fuera un conjunto residencial campestre para los más adinerados. Los primeros años habían sido difíciles, con la escasez de alimentos y medicinas; pero las cosas iban marchando mucho mejor ahora. Los cultivos habían prosperado, las gallinas se habían multiplicado y había suficiente comida para todos. Con lo cual ahora las incursiones en busca de alimento eran por completo innecesarias. 

      Sin embargo, había algo que lo hacía regresar una y otra vez a la ciudad abandonada, a pesar de las recriminaciones del grupo por el gasto de insumos que representaba cada uno de sus viajes, de que las reservas de combustible cada vez menores y de los peligros inherentes. Algo que no podía producir y que cada vez era más difícil de encontrar, algo que se le hacía tan indispensable como la comida para poder sobrevivir, algo que debía ser preservado con todos sus esfuerzos, para épocas posteriores. Y ese algo se encontraba justamente a sus espaldas… 

      -“Cada vez es más difícil venir” -se dijo a sí mismo, con tono preocupado-, así que debo llevar todo lo que me sea posible en este viaje”-. Se dio la vuelta con un suspiro, alistó sus bolsos y entró sonriendo a la biblioteca.


2 comentarios:

  1. ¡¡¡Joder... Se siente igual que cuando lo contaste la primera vez... Estremecedor!!!

    ResponderEliminar
  2. Los sueños suelen estar cargados de un fuerte contenido emocional. Y si bien eso los hace bastante dificiles de escribir, también hace que -si lo logras- se vuelvan muy impactantes.

    ResponderEliminar