lunes, 9 de diciembre de 2013

Adira


     Jack entró lentamente en la vieja ciudadela, a través de uno de los boquetes que el paso de los siglos había formado en la otrora imbatible muralla, contra la que tantos ejércitos se estrellaran en su momento, y se tomó un instante para contemplar el panorama. La mayor parte de los imponentes edificios de mármol y granito se encontraba semiderruida, y la vegetación habían vuelto a crecer por todos lados, reclamando su lugar alrededor de las construcciones, en las aceras y entre los mismos adoquines de las calles.

     Caminó por un amplio sendero de piedra, entre los edificios derruidos y los espacios que la naturaleza había reclamado con los años, en dirección hacia la única construcción que se mantenía intacta. El enorme torreón de la biblioteca se elevaba arrogante en el centro del asentamiento, indiferente a la ruina que le rodeaba. Las aves anidaban en sus troneras, y las enredaderas cubrían buena parte de su fachada, pero su estructura se mantenía indemne, sus pilares no mostraban una sola grieta e incluso los cristales de sus amplios ventanales seguían en su lugar.

     Adentro, el ambiente era un tanto rancio y el polvo se acumulaba en los anaqueles, pero el aire era seco y cálido, y los libros en los estantes se encontraban en perfectas condiciones, protegidos por innumerables sortilegios. No pudo evitar tomar un libro al azar, deleitándose por un momento con la agradable sonoridad del antiguo lenguaje en el que estaba escrito. Sin embargo, no era para leer que había ido a las ruinas. Así que tras unos instantes volvió a poner el libro en su anaquel y siguió avanzando, apremiado por la tarea que lo impulsaba.

     Habían pasado al menos dos lustros desde la última vez que había pisado la biblioteca buscando consejo y no pude evitar preguntarse, por un momento, si ella todavía estaría allí; pero su duda le resultó tan tonta que no pudo evitar reír.

     -Como si pudiera ir a algún lugar -dijo para sí en un susurro-. Claro que debe estar aquí, idiota. La verdadera pregunta es donde… 

     Estuvo tentado a gritar, pero no fue capaz. El profundo silencio que llenaba el edificio siempre le había generado un respeto casi sagrado, y la idea de romperlo con sus alaridos le parecía una pequeña herejía.

     -Ni modo -volvió a susurrar- tendré que buscarla piso por piso, hasta que la encuentre. De seguro debe estar tirada en el suelo, entre los estantes, con los ojos fijos en algún libro tan viejo como nosotros, y tan absorta que no escucharía mis gritos ni aunque los hiciera a pocos metros de distancia.

     Fue un trabajo arduo, tuvo que subir muchos pisos antes de dar con ella, pero la encontró tal y como se la había imaginado: en el suelo, apoyada contra un anaquel y en medio de una pequeña pila de libros. Tan desaliñada como siempre, pero aun así tan hermosa como nunca. Se tomó unos minutos para contemplarla, ambos en silencio absoluto, ella absorta en su antiguo tomo, y él absorto en su cabello castaño y en la delicada línea de su cuello. Al final fue ella quien, para su asombro, rompió el silencio.

      -¿Vas a quedarte ahí enmudecido todo el día o vas decirme que te trajo aquí? Siempre es agradable tener visitas; pero dudo mucho que hayas venido sólo a verme.

      -Lo siento Adira, te vi demasiado concentrada en la lectura y no quise distraerte. ¿Desde hace cuánto notaste mi presencia?

-Desde que cruzaste la muralla, por su supuesto -dijo ella con su habitual tono suave, tan propio de alguien acostumbrado al silencio-. Y he sido consiente de cada paso que has dado desde que entraste la biblioteca, como muy bien deberías saber Adael.

      -Sí, supongo -dijo él tratando de igualar su tono, y complacido de escuchar una vez más el nombre que ella misma le había puesto cuando se conocieron, hace ya tanto tiempo-. Aunque en ese caso pudiste haberme evitado buscarte piso por piso, ahorrándome algo de tiempo.

      -Tal como dijiste, estaba concentrada en mi libro. Igual, ibas a encontrarme tarde o temprano. Además, ¿Cuándo nos ha importado el tiempo?

      -Bueno, aunque parezca increíble, en este preciso momento me importa. Y a pesar de la ironía, justo ahora estoy bastante corto de tiempo. Es por eso que necesito tu ayuda.

      -¿Lo ves? -respondió ella con un suspiro, mientras se levantaba del suelo y sacudía un poco su vestido-. Ya decía yo que era iluso de mi parte esperar que vinieras sólo a verme…