martes, 19 de noviembre de 2013

Skalds and Shadows



 

      La batalla había sido cruenta como pocas. De los enormes ejércitos que se habían enfrentado durante el día, muy pocos hombres permanecían en pie al terminar la jornada, y de estos casi ninguno estaba indemne. Los pocos sobrevivientes del bando vencedor (si es que se podía hablar de tal cosa) que todavía estaban lo suficientemente enteros para celebrar, se había reunido en una destartalada posada, a poco más de media milla del campo de batalla.

     A pesar de su aspecto la vieja posada resultó ser un lugar agradable. Cálida, con buena comida y con una cerveza no demasiado aguada. Sin embargo, el ambiente se percibía gris, y el desánimo se había apoderado de los hombres. A pesar de la victoria y de la paga, no había nadie que no hubiese perdido algo: una oreja, varios dientes, una mano, un amigo, un padre o un hermano...

     Jack (así se hacía llamar ahora) se acomodó lo mejor que pudo en la silla, en un rincón del salón, contemplando el desaliento de sus compañeros de armas. De todos los allí presentes, era el único que no había perdido nada. Salvo por unos cuantos moretones en el cuerpo no tenía ninguna herida, y hace mucho tiempo que no tenía amigos o hermanos que llorar después de una batalla.

     Bajó la vista, e intentó concentrarse en su plato de guiso y en la botella de vino barato que había conseguido sobornando a la camarera con unas cuentas monedas de plata, tratando de olvidar su propio abatimiento. Se había unido al ejercito con las esperanza de encontrar a algún soldado o mercenario con madera de héroe, pero la reciente batalla se había llevado a los dos o tres que la parecían prometedores. Así que había planeado emborracharse, cobrar su dinero y seguir adelante, como tantas veces había hecho ya, sin prestar mayor atención al asunto; pero el desánimo que lo rodeaba había terminado por apoderarse de él.

     Alzó los ojos para mirar nuevamente a los pocos sobrevivientes. Y no pudo evitar, para su propia sorpresa, compartir el pesar que los devoraba a todos. No era la primera vez que había estado en un combate así, tan cruento, y sabía muy bien que era algo que no se superaba con facilidad. Las imágenes de la muerte y la mutilación podían acompañar durante años incluso al más fuerte de los soldados y, salvo por aquellos pocos que se saboreaban en la violencia, dejar cicatrices permanentes en el espíritu de un hombre.

     -Necesitan de mi ayuda -dijo para sus adentros, recordando las lejanas lecciones de su difunto maestro-, necesitan que alguien aleje sus corazones de la batalla, aunque sea por un instante, para que puedan encontrar algo de descanso. Pero no sé si sea capaz de hacerlo, han pasado tantos años desde la última vez… Aunque supongo que la única manera de saberlo es intentarlo…

     Se levantó de su puesto con un suspiro, y se dirigió hacía el bien intencionado -pero torpe- juglar que los había seguido durante los últimos días, y sin decir palabra alguna tomo el viejo laúd que estaba a su lado. Se tomó unos instantes para comprobar la tensión de las cuerdas y luego, para el asombro de aquellos que estaban cerca y que lo consideraban simplemente un mercenario más, empezó a tocar. Las cabezas se voltearon por instinto hacía él, y nadie pudo evitar maravillarse cuando la voz clara, poderosa y cálida inundó la habitación, como un torrente cargado de luz…

domingo, 3 de noviembre de 2013

Perdido



Con cada paso que daba se sentía más desorientado. Había caminado durante horas a través de la arboleda, y no tenía ya ni la más remota idea de donde se encontraba. Para colmo de males, la tarde estaba cerca de acabar, y la oscuridad iba en constante aumento, dándole un aspecto cada vez más tétrico al viejo bosque.

Ya estaba al borde de la desesperación cuando, de repente, encontró los restos de una vieja línea de tren. Qué raro –pensó en voz baja-, esto no aparece en ningún mapa. La siguió durante un rato, con la fútil esperanza de que lo llevara a alguna parte, pero estaba tan arruinada que terminó por convencerse de que no debía llegar a ningún lado. El desánimo lo cubrió por completo, y empezaba a resignarse a su suerte cuando, para su completo asombro, oyó a lo lejos el sonido de una vieja locomotora de vapor…