sábado, 28 de septiembre de 2013

Blackhand 01



    
     Wraith caminaba lentamente, con la vista perdida en el horizonte, tratando de buscar cualquier cosa que llamara su atención. La monotonía del paisaje y el rítmico traqueteo de las patas del tanque articulado habían terminado por causarle somnolencia, así que había preferido continuar la jornada a pie, andando al lado del vehículo, para evitar el sueño.

     No era el único que había caído presa del cansancio y del aburrimiento. Blackhand cabeceaba encima del tanque, abrazado a su fusil pesado de largo alcance, luchando por no caer dormido del todo. En el interior del tanque Reaper dormía a pierna suelta, presa de su indiferencia natural, dejando todo en manos del piloto automático  y confiando en Eve por si se presentaba alguna anormalidad. Ella, Eve, era la única que no mostraba signo alguno de cansancio, inmune como era a la fatiga y al aburrimiento.

     -“Bueno, por lo menos alguno de nosotros se mantiene siempre alerta” -pensó Wraith,  tratando de buscar razones para dejar a un lado su recelo y aceptar su presencia, al tiempo en que estiraba los brazos y activaba ligeramente sus inyectores de adrenalina para desperezarse. Eve había sido de gran ayuda durante los últimos días, pero no podía dejar de mirarla con extremo recelo. Nunca había gustado de los replicantes por la misma razón, esa extraña desconfianza infantil hacia las maquinas, por la que había tratado de mantener siempre su cuerpo lo más libre posible de metal y plástico.

     Y Eve resultaba para él doblemente intimidante, dada su apariencia. En una época en que la mayoría de los hombres se llenaban de metal, nano-máquinas y cables, y se enorgullecían de parecer robots, una máquina de apariencia perfectamente humana era al mismo tiempo un contrasentido y una ironía. Ninguna señal externa, salvo tal vez por los conectores en su cuello y muñecas (aunque esos estaban presentes en casi la totalidad de la población), evidenciaba que esa mujer fuera totalmente artificial, desde la piel hecha de polímeros hasta el cerebro positrónico. Incluso su gestualidad, la forma en que parpadeaba y sonreía, era perfectamente humana.

     -“Pero eso no cambia la realidad –se dijo a sí mismo-, es una máquina de pies a cabeza, con un cerebro electrónico que opera bajo protocolos programados, todas su reacciones han sido preestablecidas, y todas sus emociones no son más que una simple simulación”

     En ese preciso instante la voz de Eve sonó en el comunicador de su casco, interrumpiendo sus pensamientos y causándole un ligero estremecimiento, que Wraith atribuyó a la sorpresa y a su propio ensimismamiento.

     -Capitán, nos encontramos a muy poca distancia del punto de destino. ¿Desea que sigamos avanzando y procedamos de inmediato con la misión?

    -Negativo Eve, detén el tanque y activa el camuflaje. Estamos demasiado cansados, y el atardecer ya casi termina, así que hemos perdido el momento óptimo para la incursión. Ahora será  mejor que acampemos para dormir un poco y esperemos al amanecer. De paso despierta al inútil de Reaper, y dile que lo quiero ya mismo fuera del maldito tanque. Tenemos que ultimar detalles, antes de que pueda seguir durmiendo.

    -De inmediato señor. ¿Debo ser partícipe de la reunión?

     Wraith estuvo tentado por un momento a decirle que no, pero eso hubiera sido demasiado infantil de su parte. Ella era su oficial técnico y resultaba natural, por no decir necesario, que hiciera parte de sus deliberaciones.

    -No veo porque no. Saca tu trasero metálico de allí.

     Acto seguido, se acercó lentamente al tanque, sin hacer ruido, en dirección a Blackhand, que había caído finalmente dormido y no había notado aún que el vehículo se había detenido. Poniéndose por fuera de su línea de disparo, lo tomó por la bota del pantalón y empezó a sacudirlo, al tiempo en que le gritaba... 

     -¡Despierta bella durmiente! ¡Es hora de trabajar un poco!

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Céfiro


     Era una mañana radiante. Las nubes blancas resaltaban sobre un cielo azul puro, y las aves volaban de aquí para allá, aderezando el paisaje con su canto. Un sol cálido brillaba con fuerza en el horizonte, llenándolo todo de luz, al tiempo en que una briza fría y vivificante, proveniente del oeste, suavizaba el clima.

     Pero los ojos del pequeño príncipe no se detenían a mirar el paisaje, fascinado como estaba con la belleza del que siempre sería su reino, aunque él nunca llegara (por suerte) a ser rey. No era, ni por asomo, la primera vez que veía las islas flotantes que conformaban los dominios de su madre, pero la claridad de la mañana hacía que los blancos palacios de mármol brillaran imponentes frente a sus ojos, dejándolo anonadado.

     -Y entonces, ¿Es tu magia la que mantiene a las islas flotando en el cielo? –Preguntó a su hermana mayor, que lo había acompañado en su paseo matinal.

     -Sí y no -respondió la princesa heredera-. Fue madre quien lanzó originalmente el conjuro, aunque ahora soy yo quien lo renueva cada cierto tiempo. Pero se precisa de la magia de todo el Alto Consejo y de los tres sabios para mantenerlo.

     -¿Y la magia también nos mantiene cálidos? ¿Cómo es posible que esté tan tibio aquí cuando el resto del mundo se encuentra congelado? 

    -Estamos lo suficientemente alto para evitar las corrientes heladas que vienen del mar, y los vientos fríos del norte, así que nos salvamos de la peor parte. Además, Melchior, el sabio de la vida, manipula las corrientes de aire para traer al viento del oeste, manteniendo al reino con un clima agradable durante todo el año. 
     
    El pequeño bajó la vista, hacia el océano de nubes grises que se extendía bajo las islas flotantes, escrutándolas con la mirada, como si quisiera ver a través de ellas. Su hermana pudo ver la preocupación en sus ojos, y comprendió lo que le atormentaba. Sin embargo, obró con cautela.

      -¿Qué pasa?

     -No puedo dejar de pensar en aquellos que madre exilió –dijo el pequeño bajando la voz, aunque no había nadie cerca-. Allá abajo, intentando sobrevivir en ese mundo congelado e inhóspito, sólo por el hecho de no tener magia.

     -Era necesario –respondió su hermana con voz firme, pero con algo de duda en sus ojos, como si quisiera convencerse a sí misma-, nuestro reino es pequeño, y necesita de la magia para sostenerse en todo sentido. Los exiliados suponían una carga demasiado grande, ya que estaban imposibilitados para ayudar al mantenimiento del reino, a la vez que suponían un peso extra para los que sí. Fue una decisión difícil, pero nuestra madre se vio en la obligación de tomarla.

     -El príncipe dudaba de que a su madre le hubiese tomado trabajo tomar tal decisión, pero prefirió callar sus recelos, para no incomodar aún más a su hermana. Sin embargo, tenía todavía algunas dudas por resolver, y no quería abandonar del todo el tema.

     -¿Por qué nosotros tenemos magia y ellos no? –preguntó después de un par de minutos, más por romper el silencio que por desconocer la respuesta.

     -Como alguna vez te mencione hermano, tenemos una máquina que nos permite extraer la energía del núcleo del planeta; pero tal artefacto no puede procesarla, sólo extraerla. Se necesita de la voluntad de un individuo para poder canalizar y manipular el poder del núcleo; pero no todos tienen tal capacidad. Es este talento lo que llamamos magia. La generación anterior a nosotros fue la que creó la máquina, y por consiguiente fue la primera en tener magia. Madre demostró ser la más poderosa de todos los magos originales, y por eso fue proclamada reina.

      -Pero Schala, se dice en la corte que tus poderes son superiores a los de nuestra madre.

     -Janus, nosotros somos la segunda generación de magos, y poseemos tal talento desde nuestro mismo nacimiento, de forma natural. Es por esto que nuestros poderes han resultado mayores que los de nuestros padres, a medidas que se desarrollan. Es cierto que mi magia es superior a la de nuestra madre; pero los tres sabios están de acuerdo en que tu potencial es incluso superior al mío.

      -¿Yo? ¿Es broma? Si a duras penas puedo usar magia.

     -No, no es broma, es algo muy serio. Eres aun un niño, y tu control es limitado; pero a medida que crezcas tus poderes irán aumentando de forma acelerada. Cuando tengas mi edad serás, con toda seguridad, el mago más poderoso de todo el reino…

     Los ojos de Schala se posaron en los de su hermano con firmeza, pero de forma cálida. El pequeño príncipe pude sentir el inmenso amor que le profesaba su hermana; pero también sus miedos y sus dudas con respecto al futuro. Le era fácil entenderlos, ya que él los compartía. De manera instintiva la abrazó con todas sus fuerzas, intentando en vano buscar palabras para decirle lo mucho que también la amaba.

      -Prométeme que no dejaras que el poder te consuma –continuó ella, agachándose un poco para también abrazarlo, con la voz trémula por la emoción- Promete que no dejaras que la magia te domine y te ciegue.

     -Lo prometo -dijo él, consciente de a qué se refería- Seré yo quien domine a la magia que por mi fluye, y no ella la que me domine a mí. Y no permitiré que la ambición de poder me ciegue.

     -Eres muy listo Janus, más aún de lo que todos creemos –dijo Schala mientras se levantaba y se limpiaba con rapidez los ojos con las mangas de la túnica-, sé que entiendes muy bien lo que pasa, y espero que nunca olvides esta promesa.
     
     -No lo haré.

    -Está bien. Discúlpame por ser tan solemne, y poner tanto peso sobre tus pequeños hombros. Para compensarte, ¿Qué te parece si nos tomamos todo el día para divertirnos? Estoy seguro de que madre podrá estar sin mí, y me muero de ganas de tomarme un día libre. Podríamos ir a visitar a Melchior en su laboratorio, y sorprendernos con lo que sea en que esté trabajando. Después podríamos ir a ver a Dalton, es un tonto arrogante de plana mayor, pero tengo entendido que trabaja en una maquina capaz de volar. Y luego… Bueno, ya se nos ocurrirá algo…