miércoles, 26 de junio de 2013

Koryna 01


     
  
      Koryna dejó el arco y el carcaj sobre la mesa y se dejó caer pesadamente sobre la silla, al tiempo en que le hacía un gesto al posadero para pedirle comida. El lugar estaba totalmente abarrotado, el otoño había sido amable, la cosecha de trigo abundante, y los campesinos celebraran con un jarro de cerveza después de la dura jornada. No faltaban tampoco los viajeros ocasionales, algún comerciante, un mercenario errabundo o el ocasional aventurero que soñaba con convertirse en un héroe.


     Todos, incluso los extraños, parecían compartir el ánimo festivo de la noche; pero Koryna estaba demasiado cansada para celebrar. Llevaba varios días durmiendo a la intemperie y, aunque estaba más que acostumbrada, todo lo que quería en este momento era un plato de comida caliente y una cama limpia donde descansar. Sin embargo, se dedicó a recorrer con la mirada a la gente, con la vana esperanza de verlo. Habían pasado ya poco más de diez años desde su partida y, aunque él había prometido volver, el reencuentro no había tenido lugar aún, y su esperanza de verlo otra vez era cada vez menor.

     A pesar de todo, cada vez que entraba a una posada o a una taberna lo primero que hacía era buscarlo con la mirada entre los presentes, sin haber dado jamás con él… Hasta hoy.

     Por un momento le pareció que sus ojos la engañaban, y parpadeo pensando que el cansancio le jugaba una mala pasada, pero al volver a mirar seguía allí. No había lugar a duda, era él. Sus ropas eran diferentes, llevaba ahora el atuendo de un soldado, pero su rostro seguía siendo el mismo, a decir verdad, parecía que no hubiera cambiado en lo más mínimo con los años, y ni siquiera podía ver en su cara señales de envejecimiento. Él le devolvió la mirada, y lo sonrió con la misma calidez que lo había hecho tantas veces en el bosque, cuando ella era todavía casi una niña, y él le enseñaba a usar el arco. De inmediato se levantó de la mesa que compartía con otros hombres de armas, y se dirigió hacia ella, dejándose caer en la silla frente a ella.

     -Hola Koryna -dijo con el mismo tono cálido y despreocupado de siempre, como si se hubieran visto ayer-, ha pasado mucho tiempo desde la última vez.

     -Diez años, cuatro meses y doce días -Respondió ella, con un tono igualmente afectuoso-, y la verdad empezaba ya a creer que nunca volvería a verte.

     -Te dije que nos volveríamos a ver, y yo siempre cumplo mis promesas. Sabía muy bien que nuestros caminos volverían a cruzarse algún día, el mundo es demasiado pequeño.

     -¿Nunca pensaste en volver? –dijo ella con un ligero tono de reproche.

     -¿Pensarlo? Claro que lo pensé -respondió con un ligero suspiro-. Pero mi camino seguía, para mi pesar, en otra dirección. Sin embargo, puedo decirte con total seguridad que desde entonces siempre te he tenido presente, y esperaba por este día tanto o más que tú.     

     Koryna le miró a los ojos con firmeza, y pudo ver que sus palabras eran sinceras, al igual que su felicidad por verla; pero había algo más allí, algo que no alcanzaba a descifrar...

     -No puedes imaginar por todo lo que he pasado durante este tiempo, y cuanto he llegado a necesitar de tu compañía en estos años.

     -Tal vez sí pueda -respondió él-; pero no me has necesitado realmente. Mírate, te has vuelto aún más fuerte e independiente de lo que esperaba. Sabía que estabas hecha de buena madera, pero has superado por mucho mis expectativas.

     -Tuve que ser fuerte -respondió ella a su vez, con un tono de tristeza-, no tuve otra opción. Las cosas se pusieron duras desde el mismo día que te fuiste. Cuando volví del bosque esa tarde, después de que vernos, encontré mi casa en llamas… -las lágrimas se le agolparon en los ojos- El fuego se llevó a mis padres…

     -Sí, lo sé –dijo él con el mismo tono cálido, aunque borrando la sonrisa de su rostro.

     -¿Viste el fuego desde el bosque? –el tono de voz de Koryna se hizo más duro, evidenciando su rabia- ¿Y no se te ocurrió ir a ayudar? ¡Sí hubieses estado allí, tal vez hubiera podido salvar a mis padres!

     -No Koryna, no hubieras podido salvarlos. Ellos ya habían muerto cuando el fuego se extendió.

     -¿Cómo puedes saberlo? ¿Ahora resulta que también eres adivino?

     -Un poco. Pero eso no importa ahora, y supongo que después de todo este tiempo mereces saber la verdad. -su tono se volvió solemne, y una profunda tristeza se reflejó en sus ojos-. Querida mía, yo fui quien prendió fuego a tu casa…