martes, 27 de noviembre de 2012

Los Bosques de Worcester 03 (Lado B)


El bosque se prolongó durante un par de horas, y durante todo ese tiempo Jonathan tuvo la vista perdida en el profundo verdor de la arboleda, mientras sus pensamientos divagaban saltando de un lugar a otro de su infancia. Muchas memorias que creía perdidas por completo reaparecieron de manera inesperada; sin embargo, los recuerdos -aunque nítidos- se le hacían distantes e impersonales. Como si fueran los recuerdos de alguien más y él sólo las estuviera contemplando, como un simple espectador en los balcones del teatro.

Aunque para los estándares de la estirpe Jonathan era aún muy joven, la percepción de dicho distanciamiento con sus propias memorias le hizo sentir viejo, terriblemente viejo, de una forma en que pensaba sólo podían sentirlo los mortales. Su ánimo se puso turbio, y no pudo evitar hacer comparaciones. Cuando era niño, durante las vacaciones, el trayecto a través del bosque era sinónimo de dicha. Significaba un alejamiento de las grises y monótonas calles de Boston, y del viejo caserón donde solía pasar en soledad la mayor parte del tiempo. Incluso representaba la posibilidad de ver a sus queridos abuelos paternos, que solían viajar desde Inglaterra para acompañarlos durante esa época.

Pero ahora era un viaje que hubiese preferido evitar. Cada minuto, desde que había bajado del avión, no había hecho nada salvo enfrentarse con recuerdos que de forma voluntaria había encerrado en lo profundo de su mente para que no pudieran tocarlo, y sabía muy bien que en la vieja casona campestre le esperaban aún más. Y eso sin contar con tener que hacerle frente a Marie. La última vez que la había visto, era una jovencita encantadora de 16 años, presentándose en sociedad en el Club de Boston. Estaba feliz de verlo, después de tantos años de ausencia, y no pareció prestar demasiada atención a su piel fría y a su necesidad apremiante de partir antes del amanecer.

Pero eso fue hace ya casi tres décadas, en las cuales no se habían vuelto a ver, aunque habían hablado unas cuantas veces por teléfono. Marie era ahora una mujer madura, que había pasado por un divorcio hace alrededor de una década y tenía un hijo de veinte años estudiando Relaciones Internacionales en Inglaterra. Una mujer solitaria que, sin lugar a dudas, ahora se mostraría mucho más inquisitiva e interesada en la aparente juventud eterna del que fuera su tío favorito. Sobre todo al estar atravesando ahora la edad en que los mortales se sienten despedirse por completo de su juventud, y el temor a la vejez (y a la muerte) se hace cada vez más fuerte.

Boston es un territorio antiguo, donde la magia mortal tiene un profundo arraigo y lo sobrenatural no es visto con tanta extrañeza como en otros territorios de  Estados Unidos, sobre todo en sus áreas rurales; pero de todas formas iba a ser muy complicado ocultarle por completo a su sobrina el alcance de su actual naturaleza, de su maldición. Tendría que jugar con verdades a medias y mentiras cubiertas, algo que le desagradaba bastante, más aun al tratarse de su propia familia... Si es que aun podía llamarla así...

En ese momento el auto se detuvo, y la voz de Sophia rompió una vez más el silencio absoluto que ha reinaba en el ambiente:

            Bueno Raven -dijo intentando ser solemne-, bienvenido a casa.

           No Sophia –respondió a su vez, con voz ligeramente triste-, esta ya no es mi casa. Dejó de serlo hace mucho tiempo, incluso antes de que muriera, y más aún después de eso… Y eso es algo que nunca podré recuperar.  

viernes, 16 de noviembre de 2012

Los Bosques de Worcester 02 (Lado B)

El aterrizaje fue tan tranquilo como el resto del viaje, y tras un desembarco rápido, seguido de unos pocos minutos mientras sellaban su pasaporte, Jonathan se vio en medio del profundo ajetreo del aeropuerto. El lugar se encontraba lleno, a pesar de la hora, y el enorme flujo de pasajeros le impresionó bastante. El aeropuerto mismo había cambiado mucho desde su última visita, hace dos o tres décadas, al punto de parecerle totalmente diferente al que recordaba.

Busco con la mirada, entre la multitud, al conductor que se suponía Mary había enviado para recogerlo. Para su suerte lo encontró casi de inmediato, y tras un breve instante para identificarse pudo alejarse con prontitud del lugar y del incomodo gentío. Con el paso de los años, las aglomeraciones de personas se le hacían cada vez más desagradables, aunque no podía precisar una razón concreta para tal molestia. Sin embargo prefería no pensar demasiado en eso. El paso de las décadas solía llenar de extrañas manías a la gran mayoría los miembros de la estirpe, él era muy joven aún, para los lineamientos de la no-vida, pero no podía evitar sentir como poco a poco se desconectaba cada vez más de la humanidad circundante, y eso era algo que sencillamente le asustaba, razón por lo cual prefería no meditar demasiado sobre el asunto.

El viaje en auto fue rápido. Circundaron la ciudad y se dirigieron por el oeste hacia Worcester, donde se encontraban las propiedades rurales de la familia Raven. A pesar de no haberse adentrado casi en la ciudad, Jonathan pudo contemplar en buena medida el panorama de Boston. La ciudad, al igual que el aeropuerto, había experimentado grandes cambios. La mayoría de las casas que podía recordar habían desaparecido, y una gran cantidad de edificios relativamente nuevos llenaba ahora el horizonte. Casi llego a pensar que se había equivocado de ciudad (aunque sabía, en el fondo, que tal cosa era imposible); pero unos pocos puntos de referencia conocidos le comprobaron que se encontraba en su ciudad natal, si es que todavía podía llamarla de esa manera.

Si bien era cierto que había nacido en Boston en los años posteriores a la  Segunda Guerra Mundial, la ciudad se le hacía ahora extraña por completo. Cualquier vínculo que en el pasado pudiera haber tenido con la urbe se encontraba ahora roto. Y en lugar de sentirse como un viajero que regresa a casa después de largo tiempo de ausencia, se sentía como un completo extraño, como un extranjero llegando a una ciudad que le resulta desconocida y hostil, en la que siente de antemano que no hay lugar para él.  Camus tenía razón -pensó con tristeza recordando brevemente a Meursault- no hay nada peor que sentirse extranjero en la propia tierra…

Al menos el bosque no había cambiado demasiado, y eso lo reconfortó. Sus linderos habían retrocedido bastante, y los caminos eran algo mejores; pero una vez dentro se seguía respirando ese olor a antigüedad que tanto le había fascinado cuando era niño. La mayoría de los árboles del lugar habían estado allí desde antes que nacieran sus padres -o incluso sus abuelos-, y ocultaban entre ellos secretos aún más antiguos, algunos de los cuales era preferible dejar en el olvido.


Sus pensamientos vagaron por un momento en la arboleda, y más allá de ella, pero salió pronto de su ensimismamiento. Bajó la ventana del auto y se forzó a respirar, dejando que lo inundara el aire frio de la noche. El olor de la briza nocturna llego cargado de ironía y de recuerdos… Cuando niño había amado este bosque durante las horas de luz y le había temido durante las de oscuridad, asustado de los monstruos y fantasmas que concebía su imaginación infantil; pero ahora era él quien se había convertido en un monstruo similar a los de sus pesadillas, uno que había perdido casi por completo la capacidad de sentir miedo, al tiempo que era capaz de asustar a la mayoría de las cosas que lo aterraban de pequeño.