miércoles, 31 de octubre de 2012

Los Bosques de Worcester 01 (Lado B)

Jonathan revoloteó inquieto en su asiento, tratando de buscar la comodidad que le era esquiva. A pesar de que el viaje desde Londres había acorrido según lo planeado y sin ningún contratiempo, no había dejado de sentirse intranquilo durante todo el vuelo. Miró su reloj por centésima vez, y comprobó que faltaba muy poco para terminar el viaje. Sin embargo eso, en lugar de tranquilizarlo, sólo incremento su preocupación.

Intentó distraer su mente, y recorrió su entorno con la mirada. Primera clase tenía esa noche sólo un puñado de pasajeros, todos de traje y corbata, con la típica apariencia de hombres de negocios ingleses, fríos e impersonales. Se miró, con su traje Armani negro, y pensó que él mismo encajaba con facilidad en ese esquema, siempre y cuando no se detallara demasiado en los zapatos Converse. Únicamente Sophia, que dormía tranquilamente en el asiento de al lado, desentonaba con el ambiente. A pesar de su vestido formal, su aire juvenil y desenfadado la hacía resaltar entre todos los pasajeros de la sección. 

Sin embargo, ver a Sophia a su lado -tan llena de vida- le resultaba igualmente inquietante e incluso un poco doloroso, al pensar en todo el peso que pondría tarde o temprano (aunque lo siguiera postergando como hasta ahora) sobre sus hombros, y en todo lo que le arrebataría cuando llegara ese momento. De repente, y para su suerte, la luz de aterrizaje se encendió, sacándolo de sus pensamientos. Se abrochó el cinturón de seguridad, al tiempo en que se reclinaba en su silla esperando el descenso.

Fue justo en ese momento cuando comprendió la razón de su angustia: no era el viaje ni sus posibles peligros lo que le oprimía, sino su lugar de destino en sí mismo. Habían pasado varias décadas desde que abandonara Estados Unidos, y más décadas aún desde que abandonara el que alguna vez fuera su hogar. Su hermano pequeño había muerto de vejez hace ya varios años, y la menor de sus sobrinos –Mary, con quien se vería dentro de poco- debía rondar ya los cuarenta. Y sin embargo él no había envejecido ni un solo día, al menos en apariencia, en todo este tiempo.

¿Qué pensaría la pequeña Mary cuando lo viera, sin cambio alguno después de tantos años? Su sobrina no era del todo ignorante de su naturaleza preternatural; pero aun así, verlo sin cambios después de tanto tiempo debía resultar demasiado extraño, y probablemente muy intimidante. Si bien el único hijo de Mary estudiaba en Inglaterra, Jonathan se había mantenido intencionalmente alejado del joven, por la seguridad del mismo. Aunque siempre, desde la distancia autoimpuesta, había velado por su bienestar.

A pesar de todo, incluso del peso de su maldición, nunca se había olvidado de su familia, y era justamente por eso que ahora regresaba a su suelo natal, a los bosques de Worcester y a la vieja casona de descanso de la familia. 

-¿Qué pasa Raven? –Dijo de repente Sophia, con tono somnoliento, sacándolo una vez más de sus cavilaciones- ¿Ya llegamos?

Sí, abróchate el cinturón –respondió con voz cansada, mientras dirigía su mirada una vez más hacia la ventanilla y al suelo que iba apareciendo rápidamente bajo ellos-, ya falta poco para aterrizar.


Nota: Para ver el lado A de la historia, toca remitirse a http://pienso-discurro.blogspot.com/, ya que viene de manos diferentes a las mías, y desde una perspectiva bastante diferente. Hasta el momento ya se han publicado dos partes de dicho lado A, y pronto llegará la tercera.

lunes, 22 de octubre de 2012

Space Marine



Redclaw  descargó con furia su hacha sobre la cabeza de su oponente, recibiendo como respuesta el sonido seco del cráneo que se rompe.  Llevaba dos días continuos de guerra sin cuartel, y el arma se había teñido por completo de rojo, con la sangre de todos aquellos que le habían hecho frente. El guerrero se encontraba herido y agotado, pero la infinita cólera que ardía en su interior -sumada a su desesperado deseo de supervivencia- lo mantenía en pie hora tras hora.

Los mutantes habían aparecido hace tres días, arrasando una tras otra las aldeas del clan Drumkil hasta que Redclaw y los suyos les hicieron frente, deteniendo su avance. El pueblo del guerrero era bastante barbárico y primitivo,  especialmente a la luz del imperio, y los mutantes tenían mucho mejor armamento y equipo, además de extraños poderes; sin embargo, Redclaw y los suyos se habían encargado de enseñarle a los extranjeros a temer a sus hachas de guerra y a sus espadas, y sobre todo a las hábiles manos que las empuñaban.  

Pero era una lucha sin esperanza, la desigualdad de fuerzas era demasiado marcada, y poco a poco los guerreros del clan Drumkil habían ido cayendo. Sólo un puñado de hombres permanecía aún con vida, y todos ellos sabían que su fin estaba cerca. A pesar de todo, eran un grupo fiero y unido, miembros de una orgullosa  y violenta estirpe guerrera, y continuarían luchando mientras pudieran mantenerse en pie, sabiendo que su caída representaría también la caída de todo su pueblo.

Redclaw encaró a un nuevo enemigo, buscando de inmediato algún punto débil en el pesado traje de acero, y hundiendo allí su pesada hoja. Sus fuerzas empezaban a fallarle y las piernas le temblaban de cansancio, pero se había prometido a si mismo que la muerte lo encontraría de pie. Sentía a la tierra temblar bajo él y al cielo rugir sobre su cabeza, -probablemente eran sus dioses llamándolo a la siguiente vida-; pero no tenía tiempo para pensar en ello. Un enorme mutante -de dos veces su tamaño- se plantó frente a él, y Redclaw levantó su hacha una vez más, casi seguro de que sería la última vez que la esgrimiría en esta vida.

De repente, una lluvia de fuego arrasó a su oponente, y a varios mutantes más que se encontraban en la cercanía. Desconcertado, Redclaw alzó la vista,  y contempló las enormes naves voladoras que se agrupaban  sobre ellos, y de cuyos vientres abiertos caían numerosas criaturas hechas de fuego y acero, que ocupaban el lugar de su pueblo en la batalla. Incapaz de sostenerse, y creyendo presenciar un milagro, se desplomo sobre sus rodillas y se sumió en la completa oscuridad.   

Cuando recuperó la conciencia la batalla había terminado ya, y  ni uno solo de los mutantes permanecía con vida. Uno de sus salvadores se levantaba frente a él, humanoide en apariencia, pero más alto que el hombre más alto de su clan, y con la piel totalmente de acero.  La imponente creatura se llevó las manos a su cabeza, y se despojó de lo que ahora demostraba ser un casco,  dejando a la vista -para sorpresa de Redclaw- un rostro humano, duro como una piedra y curtido por la batalla.

Levántate guerrero -trono lo voz, antes de que el asombrado bárbaro pudiera decir palabra alguna-, admiramos tu fiereza, tu fuerza y tu coraje. Tu batalla ha terminado, pero tu guerra apenas empieza. De ahora en adelante pelearas a nuestro lado, y levantaras tu espada para proteger la pureza del imperio y dar gloria al dios-emperador. ¿Tienes alguna pregunta?

Solo una –dijo Redclaw con una voz que había perdido por completo el miedo- ¿Qué clase de guerra es esa, que necesita soldados como tú?

Esa –dijo el templario negro mientras sonreía satisfecho- es una muy buena pregunta…