martes, 18 de septiembre de 2012

Tío John 02



John se acomodó en la silla, mientras los niños se sentaban en el suelo frente a él, expectantes por el relato. Incluso Peter y Mary tomaron lugar en la mesa y prestaron atención. John era un gran narrador, y si bien sus historias solían resultar bastante inquietantes y un tanto sombrías, todos lo escuchaban con deleite.

Todo fue hace mucho, mucho tiempo -empezó John- cuando el abuelo de su abuelo era todavía un niño pequeño, más o menos de la edad de Mark. Tenía dos hermanos mayores, Annette que era la mayor de todos y tenía unos 12 años, y John que debía tener unos 10. Eran tiempos duros, la cosecha de otoño había sido muy poco generosa, y el invierno se acercaba cada vez más. Por lo cual los niños trataban de ayudar en todo lo posible a conseguir comida.

 Annette y John solían ir al bosque, a recoger nueces, bayas y setas, y todo lo que pudiera servir de alimento para la familia. Annette era muy hábil en la floresta, e incluso a veces lograba cazar aves y conejos. Sin embargo, procuraban siempre no adentrarse demasiado en el bosque, en parte por temor a los lobos (que en esa época eran mucho más abundantes), y sobre todo por las historias acerca de brujas y hadas enloquecidas que solían escucharse en aquel entonces.

Su madre temía por ellos cada vez que se adentraban en el bosque, y hubiese preferido que no entraran en allí; pero la situación era apremiante, y necesitaban realmente la comida, por lo cual se veía obligada a permitirles ir. Aunque siempre que los veía partir se acongojaba su corazón, y sólo recuperaba la calma cuando los veía regresar.

Una mañana muy fría de finales del otoño, después de haber ayudado un poco con las labores de la granja, los niños se adentraron una vez más en la arboleda buscando comida. Era un día agradable, a pesar del frio, y el sol brillaba con fuerza en un cielo completamente azul, Había estado lloviendo en los últimos días, y Annette esperaba encontrar setas. La niña había estado en lo cierto, y pronto sus canastos estuvieron llenos, por lo cual decidieron aprovechar el tiempo sobrante intentar atrapar algún conejo, lo que siempre resultaba divertido.

Sin embargo el frio parecía haber espantado a los animales, y caminaron durante un buen tiempo sin ver ningún rastro. El sol brillaba con fuerza, y bajo su cálida luz el bosque se volvía un lugar acogedor y atrayente. Se fueron adentrando cada vez más en él, sin prestar atención a la distancia, hasta que finalmente lograron encontrar un conejo adormilado que buscaba alimento en la maleza; pero al intentar capturarlo el animal escapo, y en su carrera por perseguirlo el pequeño John se tropezó con una rama, cayendo al suelo. El golpe no había sido muy fuerte, pero se había torcido el tobillo, y se le dificultaba mucho mantenerse en pie. Annette lo ayudo a levantarse, y decidieron regresar de inmediato a casa.

Pero se habían adentrado demasiado en la arboleda, y con John en ese estado avanzaban muy lentamente. El sol alcanzo el cenit y fue descendiendo rápidamente en el cielo, y aun se encontraban muy lejos de su hogar. Annette empezaba a inquietarse, y John cada vez estaba más adolorido, y empezaba a llorar. Decidieron descansar un poco y se recostaron en un gran roble.

               
                -Tienes que seguir sin mí -dijo de repente John, con voz cansada-, a este paso nunca saldremos del bosque antes del anochecer.

                -No te dejare aquí -protesto Annette, levantando la voz-, hace demasiado frio. Además, ya no debemos estar tan lejos.

                -No seas tonta, aún estamos muy lejos. Ve a casa y trae a papá, el me llevará en la mula. Será lo mejor para los dos.

La idea era buena, pero Annette no se decidía a dejar a su hermano solo en un paraje tan inhóspito, sobre todo con el frio creciente. Le dio varias vueltas antes de decidirse, pero tuvo que aceptar que la propuesta de John era la mejor opción.

-Está bien, iré por papá.  Tu espérame aquí –dijo la niña mientras acomodaba a John contra el árbol y lo envolvía los abrigos de ambos-. Y por mucho sueño que tengas, ¡¡no vayas a dormirte!!

-Lo sé, lo sé. No soy tan tonto.

Annette se dio la vuelta y empezó a correr en dirección a su hogar, teniendo cuidado de no tropezar. Corrió sin descanso hasta que le dolieron los pulmones, y las piernas, y aun así siguió corriendo un poco más. Finalmente se detuvo para tomar aliento y empezó a mirar a su alrededor. Todavía estaba muy lejos de casa, y ya faltaba muy poco para la puesta de sol. Se sentía casi sin energías, pero sabía que debía seguir andando. Dio una última mirada a su alrededor, dispuesta a reemprender la marcha, cuando noto que el camino que llevaba al pueblo no estaba muy lejos.

-¡Eso es! -se dijo a si misma- saldré al camino, alguien me llevara a casa en una carreta, y volveremos cuanto antes por John.

                Se dirigió de inmediato al sendero, reanimada; pero sus esperanzas se vieron frustradas. El camino estaba desierto, y aunque esperó un tiempo, los pocos mercaderes que pasaron por allí hicieron caso omiso de la pequeña, y aceleraron su paso a verla gritar al lado del camino, probablemente temerosos de ser engañados y asaltados.

                La noche se cerró sobre la pequeña Annette, y junto con el sol  se fueron todas sus esperanzas.  El frio la había entumecido, por la falta de su abrigo- y aunque intento volver a caminar las piernas no le respondieron. Finalmente se desplomo junto a un árbol, se puso a llorar. No lloraba por ella, sino por John, que moriría de frio, solo y asustado, en la mitad del bosque.

                El frio empezaba a adormecerla cuando, de repente, un aullido no muy lejano la despertó. ¡Lobos! -Pensó para sus adentros-, me van a devorar los lobos, o tal vez se coman a John, ¡No! Debo seguir. -Y trato de incorporarse, pero le fue imposible mover su cuerpo entumecido.  

Los aullidos se oían cada vez más cerca, hasta que parecieron venir de solo a unos pocos metros de ella. Eran muchos, debía ser una manada completa. Cerró los ojos esperando lo peor, pero los aullidos se callaron, y una voz  resonó frente a ella.

-Vaya, -dijo una voz desconocida, tan suave como fría- no me parece que este sea el lugar, ni el momento más adecuado, para dormir una siesta.

Annette abrió los ojos, sorprendida, y encontró frente a ella a la mujer más extraña que hubiese visto jamás. Era tan pálida como la nieve, pero sus ojos y cabellos eran negros y brillantes como las plumas de un cuervo, al igual que él traje viejo -pero aun magnífico- que llevaba. Y era bella, era la mujer más bella que Annette hubiera visto jamás; pero era tan aterradora como bella. Como si una muy intimidante aura de amenaza la rodeara, y se sintió más asustada y desprotegida que si hubiera estado en medio de la manada de lobos.

-¡Una bruja! -Pensó temerosa, incapaz de hablar-. No, es demasiado hermosa para ser una bruja, no se parece a las de los cuentos de la abuela.  ¡Un hada! ¡Sí! Debe ser el hada solitaria y enloquecida que dicen que habita el bosque.

-Bueno -continuo la mujer- parece que el frio ya te ha entumecido la lengua; pero si no hablas no podré ayudarte.

-¡Ayuda! -pensó Annette, y fue todo lo que necesito para recuperar el habla- ¡Mi hermano! ¡Mi hermano está en el bosque! ¡Debemos sacarlo de allí! ¡Por favor!

-Oh, te refieres al niño medio congelado, apoyado en el viejo roble. Supongo que, tal vez, podría ayudarlo. Aunque no veo porque debería hacer eso, ¿Qué me darás a cambio?  

-¿A cambio? Yo no… yo no tengo nada. Somos muy pobres, no tenemos dinero… -Annette se sintió desolada, pero estaba decidida a no rendirse- Pero… ¡Puedo servirte! Limpiare tu casa, hare de comer… Mi madre dice que soy muy buena para cocinar, y se cuidar un huerto.

Vaya, pareces ser una niña con muchos talentos –dijo la mujer al tiempo en que se abstraía por unos instantes en sus pensamientos-. Y he estado sola por tanto tiempo… tal vez… sí, podría ser… te tengo una propuesta, pequeña. –y se acercó al oído de la niña mientras susurraba unas palabras que nadie más pudo oír.

Está bien  -respondió Annette en voz baja-, pero salva a mi hermano.

Nadie sabe realmente que le dijo la extraña a Annette, ella nunca se lo contó a nadie, pero esa noche los dos niños volvieron a su casa con los cestos llenos de comida que habían recogido en la mañana, Para infinita alegría de su madre desesperada. Sin embargo, Annette regresaba al bosque con regularidad, y veces se quedaba allí durante días. Finalmente, un día se quedó allí,  aunque muy de vez en cuando visitaba a su familia. En cuanto al joven John, continúo durante varios en la granja, pero cuando alcanzo la adultez también abandono su hogar, y se hizo marinero, deseoso de conocer tierras extrañas, aunque también volvió algunas veces a su hogar.  Fue así como el abuelo de su abuelo terminó por heredar la granja, y desde entonces hay quienes dicen que Annette –ya convertida en toda una mujer- aún camina solitaria por el bosque, después de ya casi dos siglos.

John se levantó de la silla, y se estiró, dando por terminada la historia. A su alrededor su familia lo contemplaba pensativa, afectados al parecer por lo vívido de la historia.

-Debo irme familia –dijo con voz cansada-, se me ha pasado demasiado el tiempo.

-¿Irte? -respondió Peter-  Pero si ya es muy tarde, quédate al menos esta noche. Estaremos encantados de tenerte aquí.

- Eso no lo dudo, sobrino; pero es necesario que me vaya. No se preocupen, volveré mañana, aún tenemos cosas por hablar, y espero quedarme unos días por aquí.

John se despidió afectuosamente de sus pequeños sobrinos y de su cuñada, y salió de la casa, acompañado por Peter.

-Toma -dijo al tiempo en que le daba a su sobrino un saquito de monedas- esto les ayudara con los gastos de la casa. También te dejaré el caballo, ya no lo necesito más, me esperan en la cercanía.

-¿Seguro de que no quieres quedarte, tío?

-Seguro. Debo visitar a alguien antes del amanecer, no te preocupes por mí. -Y sin decir más palabras, se alejó a pie por el camino.

John caminó durante varios minutos, hasta que la silueta del bosque se perfiló frente a sus ojos, al tiempo en que una multitud de recuerdos le golpeaban, recuerdos de un día muy distante, en el que había sentido miedo, mucho miedo. Una silueta femenina lo esperaba en el umbral de la arboleda, y lo saludo al verlo llegar.

John, que gusto verte -dijo una voz tan suave como fría, pero en la que podía sentirse afecto-. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.

Sí Annette, ha sido mucho tiempo... Pero me alegro de estar en casa…