jueves, 16 de agosto de 2012

True Story


Era una mañana deliciosa. Había llovido durante la mayor parte de la noche, y el aire era fresco y limpio, perfumado con el olor del agua y de la vegetación que despertaba  bajo la luz incipiente del sol. El cielo cerúleo se encontraba totalmente despejado,  y una vivificante brisa fría correteaba por las calles.

Había sacado a pasear a Negra, una hembra de dóberman que había encontrado en la calle hace un par de meses y que ya era parte indispensable de la familia, y regresábamos ya de un largo paseo. Caminábamos a paso lento y descansado, disfrutando de la mañana, y nos encontrábamos a muy pocas cuadras de la casa, en el inicio de un día que prometía ser excelente.

Veníamos bajando por la calle 34, y pasábamos junto al convento ubicado en dicha calle, cuando alguien, caminando a paso rápido, nos superó. Voltee mis ojos de manera instintiva, y tuve que esforzarme por contener una exclamación de asombro. Una mujer joven había pasado junto a mí, y su belleza me había dejado por completo sin aliento. Su cabello dorado, del color del trigo maduro, era fino y brillante, e iba recogido en una cola alta que dejaba al descubierto un cuello largo y delgado, increíblemente provocativo. La parte superior de su espalda iba al descubierto, y dejaba ver unos hombros no muy anchos, pero fuertes y altivos, que contrastaban de manera encantadora con su estrecha cintura y su delicado torso. Su piel era blanca y suave, sin ninguna imperfección, y parecía relucir bajo la luz del sol, efecto que era resaltado por su ropa, que también era blanca por completo. Pero los más fascinante de todo era su olor, olía flores, a vainilla y a vida misma, en un perfume indescifrable pero totalmente encantador, delicado y a la vez persistente, que se quedaba en el aire a su paso, como un canto de sirenas que te invitaba a seguirla.

No había alcanzado a ver su rostro, pero estaba totalmente seguro de que debía ser la cara más bella que hubiese visto jamás. Deseoso de poder verla, decidí acelerar el paso, buscando rebasarla para poder mirar con un tanto de disimulo. Sin embargo, Negra me lo impidió. Se plantó firmemente en el suelo, haciendo fuerza con sus cuatro patas, y negándose a dar un solo paso hasta que la mujer hubo dado vuelta a la esquina, saliendo de nuestro campo de visión.

A penas el animal accedió a caminar, unos pocos segundos después, aceleré el paso, buscando darle alcance, pero al doblar la esquina me encontré con una calle totalmente desierta. La busque con la mirada en los andenes, sin encontrar señal alguna de ella, ni siquiera el sonido de una puerta cerrándose que me indicara que había entrado a alguna de las casas cercanas. Mire hacia el convento, pensado que tal vez hubiese entrado en él, pero las rejas que rodean al viejo caserón se encontraban cerradas por completo, al igual que las puertas más allá de estas. Negra me urgió para que regresáramos a la casa,  que se encontraba a poco más de una cuadra en este momento, y decidí hacerle caso. El cielo se había empezado a oscurecer, y una extraña sensación de tenue inquietud se había apoderado de mí.  

Desde entonces, no puedo dejar de pensar en lo sucedido, y Negra se mantiene alerta en las noches, revoloteando inquieta dentro de mi cuarto,  siempre atenta a la puerta y las ventanas, como si temiera visitas inesperadas…

miércoles, 8 de agosto de 2012

Hora de la cena.


-Entonces son cuatro en total, todos de la misma serie –dijo el hombre mientras se bajaba ligeramente los lentes, para mirarlos por encima del marco-. Y me dices que originalmente estuvieron asignados uno en una base militar como sujeto de pruebas, otro como centinela de un monasterio en medio oriente, otro más como guardián  en un prostíbulo de lujo y el último como correo secreto del gobierno, ¿o me equivoco?

-No señor- respondió Jack, depositando fijamente sobre él sus ojos azules, tan llenos de calma como de nostalgia-, tiene toda la razón. 

-Tenemos entonces un soldado, un monje, un puto y un cartero –respondió a su vez el corporativo, con voz calmada, pero rebosante de sarcasmo-, me pregunto que estaba pensando Arazaka cuando asignó cuatro androides de la infame serie P-420 a semejantes tareas. Me parece un completo y total desperdicio…

-Quería que aprendiéramos –respondió nuevamente Jack, sin perder la calma, pero sin aparatar nunca la mirada-, que llegáramos a ser más humanos. 

                -Interesante –dijo el hombre, con un tono ligeramente más hostil-, ¿Y puedes decirme para qué demonios necesito yo androides asesinos más humanos? ¿¡Para qué le hagan conversación a los blancos antes de matarlos!? ¿¡O tal vez para que los acompañen de manera tierna durante sus últimos momentos de agonía!? Lo siento muchacho, no tengo lugar para…

                -Tres cosas, “señor” –  lo interrumpió Jack, mientras sus eternamente nostálgicos ojos azules se volvían tan duros y fríos como el acero-. Primero, nuestra percepción aumentada de la humanidad tenía como fin directo aumentar nuestra letalidad. Segundo, si me insultas o si insultas a mis hermanos, te convertirás más rápidamente de lo que puedas imaginarte en el próximo blanco. Y tercero, el ojirrosa de allá no es puto, es puta… 

                -Puta no soy –respondió el androide de ojos rosados mirando con hostilidad a Jack-, yo nunca he cobrado, lo hago por puro y simple amor al arte. Y ya que estas en eso, no olvides recordarle al “señor” que cobramos por adelantado. 

                -¿Y porque habría de querer contratarlos? –dijo el hombre sin perder la calma, mirando fijamente al androide, mientras dejaba sobre la mesa los cubiertos de plata que había estado sosteniendo, y se quitaba los lentes. 

                -Porque, querido –le respondió el androide de ojos rosados con una mirada cargada de malicia-, esta noche, antes de venir aquí, invitamos a tus enemigos a cenar a este precioso lugar…