viernes, 29 de junio de 2012

Tío John 01


Habían pasado un par de horas de desde el ocaso cuando John llegó finalmente a su destino. Era una noche oscura -el invierno se encontraba cerca- y a la escasa luz de la luna contemplo durante unos breves instantes la pequeña granja, tan cargada para él de recuerdos. Todo estaba igual que como lo recordaba, y por un instante la pareció que el tiempo nunca había pasado, aunque sabía muy bien que muchos eran los años habían discurrido desde el día en que se viera forzado a abandonarla.

Desmontó  para abrir la verja de la entrada, y guió a su caballo a través del pequeño huerto. Ninguna luz emanaba de la casa, lo cual no fue una sorpresa. La suya siempre había sido una familia humilde, dedicada a la tierra y las ovejas, acostumbrada a levantarse antes del alba y dormir después de la puesta de sol. Además, las velas eran costosas y, como solía decir su madre, era mejor guardarlas para cuando realmente fueran necesarias, como ahora.

Tocó la puerta de forma pausada y rítmica -su sello personal- y espero un poco. Pronto sintió actividad dentro de la casa, y un poco de luz se filtró por debajo de la puerta. No tuvo que esperar mucho tiempo, solo un par de minutos después oyó como levantaban la pesada tranca de madera, y su sobrino Peter apareció frente a él.

                -¡Tío John! -dijo con una voz de franca alegría- ¡que gusto verte! Que sorpresa, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que viniste.  ¡Por Dios! Debiste habernos avisado que vendrías. Mary y yo te habríamos preparado una habitación, y te tendríamos algo de comida decente. Los niños preguntan por ti casi todos los días, no te imaginas lo felices que se van a poner cuando te vean…

-¡Calma sobrino! -respondió John aun en el umbral de la puerta, levantando las manos en señal de paz- Solo soy tu viejo y cansado tío John, no soy el Papa ni el Rey de Inglaterra, y me basta con una silla donde pueda sentarme un rato a descansar, ha sido un viaje largo…

-Por Dios tío, discúlpame, pasa por favor. Encenderé la chimenea para que te calientes un poco, las últimas noches han sido muy frías. ¡Mary levántate, es el tío John!

De forma casi simultánea con las palabras de Peter, su esposa Mary apareció en  la puerta que daba a la habitación. Estaba aún medio dormida, con los ojos entrecerrados, y su hermosa cabellera rojiza se encontraba totalmente despeinada. Sin embargo, reacciono de inmediato al ver a John,  a quien saludo de manera cortes aunque un poco distante. Era evidente para John que había dejado de desconfiar un tanto de él, con sus llegadas repentinas a mitad de la noche, sus secretos y su misterio permanente. A pesar de todo, ella también había empezado a alegrarse con cada una de sus súbitas apariciones, y no solo por las monedas de oro, el grano, o los juguetes para los niños, sino que había terminado por aceptarlo como un miembro más de la familia, excéntrico y oscuro, pero familia a fin de cuentas...

De repente los dos hijos mayores de Peter, niños aún, interrumpieron sus pensamientos, al saltar sobre él en medio de gritos y algarabía. John los sujetó entre sus brazos y los levanto, y los niños lo abrazaron llenos de afecto. Un tercero, el menor de todos, y que tendría poco más de cinco años, salió corriendo unos instantes después de la habitación que compartía con sus hermanos para abrazarse a una de sus piernas.

-¡Tío John! -dijo la pequeña Annette cuando logro calmarse un poco- por fin has venido. Te hemos estado esperando mucho tiempo. Incluso te guarde pastel de mi cumpleaños –dijo la niña con algo de tristeza-, pero se dañó, y Mark te guardo un huevo de pascua, pero también se echó a perder.

-No te preocupes Annette, lo importante es la intención y que te hayas acordado de mí. Mark -dijo mirando al niño, solo un año mayor que su hermana- has crecido mucho, ¡vaya que estas pesado! ¿Cuántos años tienes ya?

¡Diez! -dijo el niño lleno de orgullo- ¡y soy uno de los chicos más altos! Pronto seré mayor, y seré muy fuerte, y saldré a recorrer el mundo como tú tío John.

Vaya, vaya, -Respondió John a su vez, mientras veía de soslayo la mirada furtiva de Mary- Y yo que quisiera volver a ser niño para vivir en casa, y no tener que preocuparme de nada. Pero, ¿qué no son estas horas de dormir? Es casi media noche, y los niños deben estar en la cama.

                -No importa tío -dijo Annette, que siempre había demostrado un poco más de astucia que sus hermanos, como era tradición en la familia- mañana papá y mamá nos dejaran levantarnos tarde. Además, de todos modos,  no podíamos dormir. Mark está asustado.

                -No es cierto -bramó el niño, aunque de inmediato bajo la voz- bueno sí, pero Annette también está asustada.

                ¿Asustados? ¿Qué podría asustar a un par de niños tan valientes y astutos como ustedes?

-Will, un chico de la granja de al lado, nos contó una historia. ¡Dijo que hay fantasmas en el bosque! Y que se comen a la gente que entra allí.

-Bueno -dijo John con voz calmada, atento a las caras de los niños- si hay fantasmas en el bosque, pero  no hay porque tenerles miedo, y los fantasmas no se comen a la gente, son los lobos.

-¡Lobos! -respondieron los niños al unísono-  ¡Papá dice que no hay lobos en el bosque!

-Y tiene razón, ya casi no queda ninguno, aunque todavía hay unos pocos que deambulan en lo profundo del bosque. Yo tendría cuidado de los lobos, los años y la persecución los han vuelto amargados, no de los fantasmas.

-¿Y porque no debemos temer a los fantasmas? -dijo esta vez Mark- ¡Están muertos!

-Bueno sobrino, esa es justamente una buena razón para no temerles, para empezar. Y te daré dos razones más: la primera, es que solo la gente malvada debe temer a los fantasmas del bosque, así que bastara con que se porten bien para que no haya nada de que asustarse…

-¿y la segunda? -interrumpió ahora la niña- ¿Cuál es la segunda razón?

Bueno querida, déjame contarles una historia, una historia sobre los hermanos mayores del abuelo de tu abuelo, que una vez (hace mucho tiempo) se perdieron una tarde de otoño en el bosque… Una historia sobre dos niños llamados como tú y como yo,  Annette y John…

miércoles, 13 de junio de 2012

Gregson 02

El inspector Gregson se inclinó sobre la taza humeante de café recién servido y aspiró profundamente, dejando que el agradable aroma inundara su nariz. Era su tercera taza del día, y eso que apenas habían pasado un par de horas desde que saliera el sol; pero había sido una noche inusualmente larga, en la cual sólo había podido dormir durante un breve par de horas.

Cierto es que había intentado dormir un poco más; pero las múltiples ideas rebullendo en su mente no se lo habían permitido. Si bien no dudaba de la veracidad de lord Morton -todo en él decía que estaba siendo sincero al momento de relatar su historia- le parecía increíble lo que había escuchado de sus labios hace unas cuantas horas. Lo inverosímil del relato del noble le dejaba solo dos opciones: o Morton era el mejor mentiroso que hubiese visto jamás, o su ladrón debía ser el mejor del mundo en su oficio.

Tomo un abundante sorbo de café, y empezó a repasar mentalmente -una vez más- la narración de lo sucedido...

Lord Morton se encontraba en la enorme habitación que le servía como galería privada, un gran salón al interior de la mansión victoriana, de paredes sólidas, sin ventanas al exterior y con piso de mármol. Como toda la casa, había sido construido a finales del siglo XIX, con la intención de que se mantuviera en pie durante siglos. Sin embargo, su antigüedad no había sido un impedimento para que Morton lo hubiese equipado con los más recientes sistemas de seguridad, desde cámaras de video hasta sensores de movimiento.

La quietud y el silencio del lugar resultaban del absoluto agrado del noble, que solía pasar a diario muchas allí, dedicado a la lectura. Cuando la terrible tormenta del día anterior había empezado, se encontraba precisamente en la galería, y la furia de la lluvia había pasado por completo desapercibida para él, sumergido como estaba en sus libros. Sin embargo, en el exterior los relámpagos incrementaron su furia y su cadencia. Varios cayeron en el área cercana a la mansión, sobrecargando el sistema del área y terminando por causar la interrupción del suministro eléctrico.

La vivienda de lord Morton, como todas las de la zona, contaba con su propio sistema eléctrico de emergencia. Por lo cual dicha oscuridad duro para el noble menos de un minuto, durante el breve tiempo que le tomo arrancar al generador auxiliar. Fue en ese efímero lapso de tinieblas en el que, según su relato, ocurrieron los hechos.

La repentina oscuridad había sacado a Morton de su lectura, al tiempo en que una extraña y creciente sensación de compañía lo intimidaba. Durante el instante en que se encontró sumido en la negrura, y a pesar de esforzarse en ello, no pudo ni ver ni oír nada extraño; y sin embargo, todo en él -todos sus instintos naturales al unísono- le indicaba que no se encontraba solo en la estancia.

            -Era como encontrarse en presencia de un tigre o un león –le había dicho en su momento el noble-, de una bestia escondida en medio de la selva. Un terrible depredador que no podemos ver ni oír; pero que sabemos que está allí, acechándonos, y que hace que todo nuestro ser se estremezca al darnos cuenta que somos la presa.  

Cuando la luz había vuelto, al restablecerse el suministro eléctrico unos segundos después, la sensación había desaparecido en su totalidad y el joven lord se había visto -y sentido- solo por completo. Con el corazón aun palpitante frente a la irracional sensación de un peligro superado solo por azar, busco tranquilizarse contemplando los cuadros empotrados en las paredes, y fue cuando percibió la falta de su añadidura más reciente a la colección, procediendo a notificar de inmediato a la policía. Lleno de terror, al comprobar de forma contundente que no había estado solo, se había refugiado en su estudio hasta que llegaron los oficiales, lugar donde el inspector Gregson le había abordado.

Las grabaciones de las cámaras se encontraban ya en manos de la policía, así como todos los datos de los sensores y las alarmas. Y sin embargo, Greson estaba seguro de que nada obtendría de ellas. Se sentía totalmente perdido, y desorientado, y empezaba a preguntarse si la historia de Morton -el profundo miedo insertado en su mirada- no lo había afectado también. Se disponía a revisar el expediente por enésima vez cuando alguien interrumpió:

            -Tiene una cara fatal detective Gregson, tal vez debería dormir un poco –dijo una voz familiar, de tono ligeramente paternal-. No debería exigirse tanto, nada logra con ello. Un cerebro agotado tiende a volverse irracional, y a empezar a ver lobos en la puerta y tigres en los rincones…

           -Tiene toda la razón Detective Inspector Bradstreet –respondió a su vez  Gregson, con tono cansado, al tiempo en que masticaba las palabras de Bradstreet- y le aseguro que nada me gustaría más que poder dormir unas cuantas horas. Pero me encuentro en medio de un caso sencillamente desconcertante.

            -¿Un caso capaz de desconcertarle? Eso sí que se oye interesante. ¿Por qué no me cuenta? Mi mente podrá no ser tan sistemática y aguda como la suya; pero como sabe, tengo bastante experiencia y tal vez pueda ayudarle...