viernes, 25 de mayo de 2012

Oblivion


El sol se ocultó lentamente tras el horizonte, en un largo atardecer teñido de rojo. Las sombras se fueron extendiendo poco a poco sobre la tierra, y junto con ellas un silencio abismal que parecía engullirlo todo. A medida que aumentaba la oscuridad -y cedía  un poco el agobiante calor del día- empezó a soplar el viento, trayendo con él negras nubes que encapotaron el cielo por completo, y llevando a su vez a la distancia el olor de la sangre seca, la ceniza y la muerte.

Cuando la oscuridad fue completa, Janus despertó de su breve letargo, y salió de las ruinas que le habían servido de refugio diurno. El mausoleo semiderruido -pero que todavía conservaba algo de su antigua majestad- había servido bien a sus propósitos. Algunos lobos aún custodiaban el desolado camposanto, escondidos entre las lapidas a las que el tiempo había borrado cualquier nombre. Aunque tal vigilancia parecía ahora innecesaria, ya que era evidente que ningún alma humana había pisado el lugar en varias décadas.

Despidió a los animales con un gesto, y dirigió sus pasos hacía al norte en dirección al pueblo, o a lo que quedara de él. Mientras caminaba trataba de organizar en su mente los confusos hechos de la noche anterior; pero por más  que se esforzaba solo obtenía recuerdos fragmentados y difusos, llenos de ira y dolor.

A medida que se acercaba al pueblo, el viento aumento su fuerza, y el frío hálito nocturno empezó a traerle el llanto de los sobrevivientes, junto con los gemidos de los moribundos. Al principio fueron solo unas pocas voces dispersas, pero con cada paso que se acercaba se sumaban nuevos lamentos, que terminaron por formar un enorme coro de agonía.

Finalmente llego al borde del poblado, deteniéndose por un instante frente a la primera línea de casas, dudando sobre qué hacer. Sus heridas habían cerrado ya, merced de la sangre, pero aún se sentía débil y adolorido, y una enorme sed lo abrumaba; sin embargo, después de lo sucedido la noche anterior, nadie debía quedar en el lugar que pudiera presentarle resistencia, por lo cual reanudo su avance con paso tranquilo.

Al principio nadie pareció notar su presencia, sumidos como estaban todos en su propio dolor. Pero poco a poco las miradas se fueron dirigiendo hacia él, algunas cargadas de ira, otras de incertidumbre, y la gran mayoría llenas de miedo. La noche se llenó de susurros a su alrededor, y no fueron pocos las figuras que buscaron algún refugio entre las ruinas de lo que alguna vez fueran sus hogares.

Al adentrarse más en el pueblo, Janus miró a su alrededor, estupefacto con la desolación que contemplaba. Los cadáveres de hombres y mujeres se apilaban en las calles, esperando que alguien les diera sepultura, y el fuego había consumido la mayoría de las viviendas, muchas veces con sus pobladores aún adentro. Un olor fétido, mezcla de sangre rancia y carne quemada, llenaba por completo el lugar. Era sin lugar a dudas un espectáculo horrendo, y era increíble que un solo hombre -o más bien un solo ser- hubiese podido causar semejante desolación. 

Ya casi llegaba al centro del pueblo cuando, de repente, una mujer (todavía abrazada al cadáver maltrecho de un guardia que probablemente había sido su marido) levantó la voz a su paso, para maldecirlo. Sus palabras, cargadas de dolor y de furia, atrajeron la atención de Janus, quien desvió hacia ella su mirada, encontrándose de frente con sus ojos. La mujer le mantuvo la mirada, desafiante, con unos ojos en los cuales no se denotaba ningún rastro de locura o sinrazón, solo odio y dolor.

Si bien a Janus le molesto un tanto su impertinencia, no pudo dejar de admirarse de su valor, y lleno de curiosidad empezó a caminar en su dirección. No había dado aún dos pasos en dicho sentido, cuando un jovencito delgado y harapiento se interpuso en su camino, atreviéndose a levantar una espada que a duras penas podía sostener.

            ¡Deja en paz a mi madre demonio! –Farfullo el jovenzuelo, intentando levantar la voz- ¡ya me quitaste a mi padre, y no permitiré que te la lleves también!

Janus nada respondió a sus palabras, limitándose a mirarlo con detalle. Era casi un niño, y se veía  cansado y ojeroso, pero decidido. Vio en su rostro los rasgos firmes de su madre, y también su determinación, pero si algo pudo ver en sus ojos fue una súplica.

Avanzó un paso, y con una mano sorprendentemente rápida y firme arrebató la espada de manos del joven. Tanto el rostro del muchacho como el de su madre se llenaron de horror en ese momento, pero se limitó a arrojar la espada a la distancia, y dándose media vuelta se alejó, siguiendo su camino al centro del poblado. 

Finalmente llego a la pequeña plaza central, donde todavía se alzaban los restos de las tres enormes hogueras. La contemplación de la escena trajo a su mente un torrente impetuoso de recuerdos, vividos y claros, y por un momento estuvo nuevamente frente a la pira ardiente, mientras su madre se quemaba atada al madero, dedicándole una última sonrisa tierna, al parecer feliz de verlo aunque hubiese llegado demasiado tarde para salvarla.

El dolor de la escena lo hizo volver al presente, y sus manos escarbaron con desespero en el cumulo de ceniza, hasta que dieron con un anillo deformado con el calor. Lo apretó con fuerza en su mano, y emitió un rugido sobrehumano, lleno de furia y de dolor. Su visión se nubló, y sintió el deseo desesperado de correr, de alejarse de ese lugar para nunca volver.

Emprendió su descontrolada carrera a través de las calles destruidas, y pronto dejó atrás el pueblo, pero siguió corriendo a lo largo de la desolada llanura, hasta que el asentamiento fue solo un punto lejano en el horizonte, casi imperceptible.

Finalmente se detuvo, sin saber durante cuánto tiempo había estado fuera de sí. Se encontraba en medio de la nada, sin ninguna otra compañía salvo su dolor que se negaba a menguar. Levanto la vista hacia el cielo, furioso y suplicante a la vez, y en ese preciso instante las nubes se disiparon. La luna brillo con fuerza inusitada en el cielo, y él se sintió incapaz de sostenerle la mirada. Bajó sus ojos, y a la luz plateada del astro Ser Janus, príncipe heredero de Avalon, contempló sus manos manchadas de sangre.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Gregson 01


El torrencial aguacero empezaba a amainar por fin cuando el detective inspector Gregson llegó a la a la antiquísima mansión victoriana que constituía el hogar de la familia Morton.  La lluvia había cesado ya casi por completo; pero -como resultado de la humedad y la baja temperatura- un grueso manto de niebla empezaba a cubrir la ciudad, imposibilitando la visión más allá de unos pocos metros y dándole un aire aún más sombrío a las desoladas calles.

Un par de patrullas habían llegado con anterioridad al lugar, y un agente lo recibió en la puerta principal, saludándolo con una ligera inclinación de la cabeza para luego dirigirlo, sin más preámbulos, a la presencia de Lord Morton. Caminaron durante unos instantes por los largos pasillos de la vieja casona, impecables en apariencia y profundamente iluminados; pero llenos de esa lúgubre sensación de antigüedad que colmaba la mayoría de las construcciones del periodo victoriano.

Finalmente llegaron a un enorme estudio. Lord Morton, quien para sorpresa de Gregson era un hombre joven de poco más de treinta años y de aire cosmopolita, se encontraba sentado en una vieja poltrona frente al fuego de la chimenea. Sostenía en su mano derecha una copa de coñac casi vacía y tenía el semblante preocupado, con la mirada fija -perdida más bien- en las llamas, totalmente ensimismado. No pareció notar de forma alguna al detective a medida que este  se le acercaba, y solo reaccionó cuando Gregson le habló de forma directa.

                Muy buenas noches mi lord -dijo Gregson con un tonto ligeramente indiferente, ya que consideraba absurdo que en pleno siglo XXI se le siguiera mostrando especial deferencia a la nobleza- Soy el detective inspector Gregson, de Scotland Yard,  y pasaré a partir de este momento a dirigir la investigación. Le prometo que pondremos todos nuestros esfuerzos en dar de manera pronta con el autor del robo, y recuperar los bienes que haya podido llevarse.

                Solo fue uno -respondió  con todo distante Lord Morton, su mirada aún se centraba en las llamas-, solo se llevó un objeto.  

                ¿Está seguro de eso mi lord? Dudo que alguien se haya tomado la molestia de entrar a su casa para llevarse un único bien, por muy valioso que fuera.

                Sí inspector, estoy seguro –dijo Lord Morton, quien parecía ir recobrando poco a poco la compostura-. Y debo decir además que no era un objeto especialmente valioso. Solo un cuadro que adquirí hace menos de un año, y que cuyo valor no se compara con el precio de las otras pinturas de mi galería personal.
               
                Eso me deja desconcertado; pero ¿no sería posible que hayan tomado alguna otra cosa sin  que usted lo notara?   

                No detective –replicó el noble, con un tono algo impaciente ya-, tengo un inventario completo de todos los elementos de mi colección, y puedo decirle con total seguridad que no falta nada más.

                Le tomaré la palabra entonces mi lord –dijo Gregson, dándose cuenta que era conveniente no insistir, al menos de momento-, ¿puedo saber con exactitud cuál es la pintura desaparecida?

                Es una obra de la que se conoce muy poco. No tiene nombre como tal, y se desconoce su autor. Es un cuadro hiperrealista que reconstruye, o más bien reinterpreta, un óleo de finales del renacimiento, que a su vez es una reinterpretación de una pintura aún más antigua. Todas ellas igualmente anónimas. El cuadro que me ha sido sustraído no debe tener más de dos décadas de antigüedad, y si bien es una obra de muy alta calidad, su novedad y su anonimato hacen que su valor sea apenas de un par de miles de Libras.  

                Algo que no encaja mucho con las otras obras de su colección, todas de muy alto valor -interrumpió el detective-. ¿Qué lo llevó a adquirir una obra así?

                Era un cuadro fascinante -dijo con franca emotividad Lord Morton- y no lo digo sólo por la impecable calidad de su técnica, sino por la escena que plasma: un monje, probablemente un franciscano dado su hábito pobre y raído, a cuyos pies se encuentra un lobo negro de apariencia hostil.

Las Florecillas de Francisco de Asís -dijo Gregson en tono reflexivo, casi personal- el relato del lobo de Gubio.

Eso podría parecer en primera instancia –respondió a su vez Lord Morton-; sin embargo, de la imagen emana una sensación de crasa oscuridad que hace olvidar de inmediato a Francisco. Es algo difícil de describir; pero es un cuadro intimidante. Será mejor que vea la imagen por usted mismo, tengo algunas fotos de la pintura.

Eso me encantaría mi lord, la verdad ha despertado usted mi curiosidad.

Sin decir palabra alguna en respuesta, Lord Morton se levantó pesadamente de su sillón, como si sus músculos estuvieran entumecidos. Se dirigió a un escritorio cercano, y de una de sus gavetas sacó una foto que extendió con una mano torpe y algo temblorosa hacia el Inspector. Para Gregson se hacía evidente que el joven noble se encontraba profundamente conmocionado por lo sucedido, y empezaba a pensar que dicho nerviosismo era una señal de que Morton le ocultaba algo.

Tomo la foto que le ofrecían, y la miró a profundidad. De inmediato entendió a qué se refería su interlocutor al hablar de oscuridad. Del tétrico monje cubierto con la capucha de su hábito emanaba una fuerte aura de respeto y una terrible sensación de intimidación, una amenaza latente que hacía ver la agresividad del lobo a sus pies como algo desdeñable. Y la técnica impecable del pintor solo resaltaba tal sensación. Sin lugar a dudas era un cuadro que no podía ser juzgado por su precio, a la vez que era una obra de la que Gregson preferiría no tener posesión.

                ¿Puedo conservar la foto? -dijo el detective casi contra su propia voluntad- me será útil en la investigación, para tener un referente visual de la pintura.

                Por supuesto detective, no hay problema. Tengo otras copias de la fotografía. Sin embargo, y sin desear en ningún momento menospreciar su inteligencia o sus talentos, estoy completamente seguro de que nunca dará con el autor del robo, y desde ya doy por pérdida la pintura.

                ¿Y en que se basa para tal afirmación mi lord? ¿O es que acaso preferiría que el cuadro nunca fuese encontrado? Con todo respeto, y sin menospreciar su honradez o su legalidad,  tengo la fuerte impresión de que me oculta algo.

                ¿Algo? Sí detective, tiene razón, le oculto algo… -y durante unos instantes meditó, como si buscara fuerzas, o palabras, para seguir hablando- … pero no lo hago por temor a que mis actos me traigan alguna consecuencia negativa, sino simplemente porque creo que, de hablar, me consideraría usted loco.

                No se imagina las cosas que he visto y oído en todos estos años de detective mi lord -y fuero ahora Gregson quien se hundió durante unos segundos en sus propios pensamientos grises-. Puede hablar con tranquilidad, tenga por seguro que no le tomaré por loco y lo que me diga no saldrá de entre nosotros dos, a menos que usted así lo desee.

                Parece usted un hombre de confianza Detective Inspector Gregson, de esos de los que ya quedan tan pocos, así que hablaré; Pero, siendo franco, no sabría muy bien que decirle, son tantas cosas las que hay en mi mente, y tan pocas las que pueda traducir a palabras…. Pero creo que debo empezar por decirle que, durante los breves instantes en que el asaltante entro en mi galería para tomar la pintura, yo me encontraba presente en dicha habitación…