jueves, 26 de abril de 2012

Tormenta

El inesperado aguacero que se abatía sobre Londres se hacía cada vez más fuerte, llenando la ciudad de caos. Sin embargo, dentro de la moderna oficina de acero y cristal todo se mantenía dentro de una calma tensa, como si se encontrara en el ojo mismo de la tormenta. Las pesadas gotas de lluvia, impulsadas por el viento, golpeteaban de forma rítmica contra el enorme cristal de la puerta del balcón, y Maximilian se permitió distraerse en su sonido, intentando que la lluvia se llevara todos los pensamientos que ensombrecían su mente, aunque fuera por unos instantes.

Se mantuvo así por unos minutos y luego, llevado por un súbito impulso, se levantó de su escritorio y abrió la puerta del mirador. El viento y el agua entraron a raudales a la habitación, llevando a ella un fragmento del caos que se vivía en el exterior. La fría lluvia que caía sobre la ciudad le besó el rostro, invitándolo a regresar al confort de la oficina; pero siguió avanzando, dirigiéndose hacia el barandal del enorme balcón. Un viento gélido acompañaba a la lluvia, tan frió que hubiese sido capaz de helar los huesos a cualquier mortal en unos pocos minutos, aunque en el cuerpo de Maximilian no quedaba ya, desde hace mucho tiempo, ningún calor que pudiese robar.

Cuando, unos pasos después, llegó por fin al extremo del mirador, se encontraba completamente empapado; pero era algo que poco le importaba, indiferente como era a la furia de la naturaleza. Contempló la ciudad -su ciudad- de forma lenta y detallada, y su mente se llenó con un millar de escenas diferentes. Vio a los vagabundos apretujándose en las aceras para no morir de frio, bajo los aleros de los sombríos y majestuosos edificios victorianos. Vio a los ricos llegando a la ópera en sus autos lujosos, mientras se quejan del mal tiempo y evaden a los demacrados indigentes que les piden unas monedas para poder comer algún bocado. Vio  las mujeres de rostros extenuados -y de almas más agotadas aún- que venden su cuerpo y su dignidad a cambio de unas cuantas Libras a pocas cuadras de la City, en las calles del barrio que hace un siglo fuese llamado White Chapel y donde lo único que había cambiado en todo este tiempo eran los edificios. 

Diez millones de mortales aforrándose a sus vanas ilusiones, atraídos por la magnificencia de Londres, y devorados por su oscuridad. Todos dispuestos a inclinarse y a adorar a cualquiera que les prometa un mañana, a darlo todo a cambio de un poco de esperanza. Seres simples y vacíos, tan fáciles de manipular, tan fáciles de someter…. Y siempre había sido así. Londres era una ciudad que se resistía al cambio, bastaba ver sus vetustos edificios asomarse en medio de los modernos rascacielos para darse cuenta de ello. Y lo mismo podría predicarse de la gran mayoría de sus habitantes.

Y había que decir, además, que durante los últimos dos siglos la ciudad había sido suya. Incluso durante las recientes décadas en las que, fruto del aburrimiento, se había embarcado hacia el nuevo mundo dejando la ciudad en manos de Elizabeth, Londres había seguido bajo el sólido yugo de sus manos.  

Pero ahora alguien se atrevía a retarlo, a tratar de destruir las férreas estructuras que había creado para mantener su poder. No era la primera vez que sucedía, y con toda seguridad tampoco sería la última; pero ahora el rival era realmente de cuidado, con el talento y los recursos necesarios para retarlo, y protegido (al menos todavía) bajo el poderoso manto de las sombras y el anonimato.

Pero no estaba dispuesto a perder, la sola idea de la derrota era para él inconcebible. Por muy capacitado y poderoso que fuese su enemigo sería él, Maximilian D’Cuzza, quien al final prevalecería. Tal como lo había hecho siempre.  

     Y si cree que puede poner sus manos sobre mi ciudad y salir indemne se equivoca –dijo para sí mismo, con voz desafiante-, pronto conocerá el tamaño de su error, y serán mis manos las que se cierren sobre su cuello. ¡Londres, junto con todos sus tullidos habitantes, me pertenece por derecho!

viernes, 20 de abril de 2012

Ópera (Parte 01)


 
Jonathan se encontraba totalmente absorto mirando la luz de la luna entrar a raudales a través de las ventanas del pasillo principal. Al principio, cuando empezó a recorrer la estancia, eran muchos los pensamientos que revoloteaban en su mente; pero bastaron unos pocos minutos para que la fastuosidad del lugar lo cautivara, haciéndole olvidar todo lo demás. Los enormes ventanales de cristal, los impolutos pisos de mármol, y los múltiples candelabros de cristal de bohemia que brillaban con tal esplendor que parecían crear un firmamento propio sobre su cabeza, lo habían absorbido por completo.

A primera vista la decoración de la sala, con sus columnas talladas y cubiertas en bronce, sus cortinas tenues de seda y los innumerables frescos de su techo, había resultado excesiva para sus gustos espartanos; pero dicha impresión no había durado más que unos instantes, antes de que la imponencia del lugar lo venciera y su magnificencia lo envolviera como una visión. Atrás habían quedado ahora todos sus problemas: su oscuro intento de asesinato, sus deberes hacia su linaje y hacía el príncipe, la pesada carga de la vida de Sophia. Todo esto no era ahora más que un conjunto de imágenes tenues, distantes, que se desvanecían un poco más con cada momento que pasaba.

Las puertas del auditorio principal, a su espalda, se encontraban entreabiertas. Y a través de ellas la música, una versión impecable del Ave María de Schubert, entraba como un suave torrente, de fluir lento pero indetenible, que completaba el carácter casi celestial de la escena. Cerró los ojos, y se dejó envolver en su totalidad por la dulce voz de la soprano, que lo arrulló llevándolo a otros tiempos y lugares. Su memoria lo traicionó una vez más -como estaba tomando por costumbre últimamente, después de tantos años sin recuerdos- y se vio transportado hacia su infancia, hacia la casa familiar en Nueva Inglaterra con el jardín lleno de flores, hacia la enorme biblioteca de su abuelo, hacia las lecciones de violín, hacia el olor de los libros viejos y del café, hacia la música de Vivaldi y de Beethoven sonando en el viejo tocadiscos… hacia esos momentos en los que había sido ignorante y feliz…

Abrió los ojos y sacudió la cabeza, buscando espantar las imágenes, y se dio cuenta de las lágrimas que recorrían sus mejillas. Las limpió con prontitud, agradeciendo el no haber traído a Sophia, y comprendió con claridad porque a Maximilian le gustaba estar solo cuando acudía a la opera. Miró a su alrededor, buscando algún testigo de su momentánea debilidad; pero se encontró únicamente con un par de trabajadores que ultimaban detalles para el estreno de temporada que tendría lugar la noche siguiente, y que parecían totalmente indiferentes a su presencia.

Para distraer su mente miró a través de la puerta entreabierta, pensando en las múltiples filas de asientos desocupados, y en la compañía de ópera que debía dar una función completa frente a un auditorio vacío, a un público conformado por un único hombre, si le podía llamar así. Bueno, realmente Maximilian no se encontraba solo por completo. El Márquez debía estar oculto en su balcón privado, como de costumbre,  encantado de seguir acrecentando con su presencia la leyenda del fantasma de la ópera, y dispuesto a servir de apoyo a su “lord mayor” en caso de que tal cosa resultara necesaria.

En ese momento sonaron las campanadas distantes del Big Ben, que fueron acompañadas de inmediato por las del reloj que se encontraba al final de la habitación y, llevado por los sonidos, Jonathan volvió la vista nuevamente al salón principal. El par de empleados que hasta hace un instante habían estado dando brillo a las incrustaciones de plata y bronce de la gran chimenea, al parecer habían terminado por fin su trabajo. Los dos hombres caminaban ahora rápidamente por el pasillo principal, con evidentes ganas de abandonar el lugar.

Los ojos de Raven los siguieron fijamente en su avance, llenos de suspicacia, y justo cuando los empleados iban saliendo, notaron la nueva compañía en la habitación. Dos siluetas borrosas, difuminadas por las brumas de la magia y el engaño, y probablemente invisibles para la gran mayoría de los otros ojos, se ocultaban tras las columnas del otro lado de la estancia, expectantes. Jonathan fingió que no las había notado y comenzó a caminar de forma errática por el lugar, acercándose al rincón en donde había ocultado su espada.

martes, 10 de abril de 2012

Bradstreet


El inspector Bradstreet se detuvo por un instante y cerró los ojos, intentando en vano captar en sus alrededores algún sonido diferente al zumbido sordo y constante que inundaba la enorme estancia, producido por los abundantes generadores. La vieja central eléctrica era una de las primeras que se habían construido en Londres, a finales del siglo pasado, con el fin de suministrar energía a la entonces nueva red de metro. Habían pasado ya casi cuatro décadas desde aquello y los viejos generadores, si bien se mantenían en perfecto estado y operando a plena capacidad, producían más ruido que los modelos más recientes. 

Intentó abarcar con la mirada la construcción; pero sus ojos tampoco le ayudaban demasiado, una muy fina capa de niebla producida por el ligero vapor que se desprendía de la maquinaria empañaba su visión, lo cual sumado a la escasa iluminación del lugar le impedía ver con claridad más allá de unos pocos metros. Frustrado, y con un fuerte suspiro de resignación, se dedicó a seguir caminando de forma errática por la central eléctrica, sintiendo una vez más que perdía su tiempo; pero sin ser capaz de establecer un mejor plan de acción.

Hasta donde sus sentidos le permitían saber, Bradstreet se encontraba solo en el lugar, con la única excepción del sargento de policía que, según establecía el reglamento, le acompañaba como una sombra con el fin de garantizar su seguridad. Los obreros de mantenimiento habían completado ya su ronda, y el compacto grupo había salido con la misma prisa que había entrado, presa de un evidente nerviosismo. Desde que habían empezado las desapariciones, hace poco más de una semana, la intranquilidad de los obreros había venido creciendo y ahora rayaba la paranoia, y ya ninguno se atrevía a entrar salvo en grupos grandes, desesperados por volver a salir.

Era justamente por esas benditas desapariciones que estaba ahora aquí. Durante la última semana, tres obreros habían desaparecido del lugar sin dejar rastro alguno, y la cifra podía ser más alta si te tenían en cuenta dos o tres casos más ocurridos antes de que el asunto llamara la atención de Scotland Yard. El asunto había llegado ya a la prensa el día anterior, y el público empezaba a exigir una respuesta de las autoridades. Por eso lo habían enviado a él, un conocido y respetado inspector, a resolver el asunto cuanto antes. Sin embargo, después de un día completo de investigación -con su correspondiente noche- se sentía tan desorientado como cuando le entregaran el caso en las primeras horas de la mañana.

No había rastro alguno de los cuerpos, ni ningún testigo de las desapariciones ni un móvil, por errático que fuera, que explicara el porqué de lo sucedido. Al principio había pensado en sabotaje y había culpado en su mente a los anarquistas, pero la revisión del lugar le mostro que nunca habían atacado la maquinaria ni las instalaciones, y su hipótesis se vino por los suelos. Así que ahora se limitaba a andar de forma aleatoria por la central, esperando alguna epifanía que le mostrara el camino a seguir.

Era un hombre lógico y racional, un verdadero hijo del siglo XX en sus propias palabras, reacio a caer en las supercherías del pueblo -alimentadas por la prensa- que empezaba ya a hablar de fantasmas y monstruos; pero no podía menos que aceptar que un aire enrarecido impregnaba este caso, y tampoco podía negar que con el pasar de las horas el lugar se le hacía cada vez más lúgubre y tenebroso, siempre con la constante sensación de ser observado, acechado.

Sus pensamientos se vieron detenidos, sin embargo, de forma súbita por una extraña y creciente sensación de peligro, como no había sentido desde que sobreviviera a los horrores de la gran guerra. Todo su cuerpo se encontraba alerta, aunque todavía no sabía frente a qué, y al volver a mirar al sargento (también veterano de la milicia) pudo ver en su semblante que este se encontraba en un estado similar. Antes de que pudieran articular palabra alguna, una figura salió con increíble velocidad de las sombras y arrollo al sargento, enviándolo varios metros más allá, para luego volver a desaparecer.

En su vuelo forzado el cuerpo del gendarme destrozó varios ductos, y una gran cantidad de vapor emanaba ahora de la tubería rota, dificultando aún más la visión. El Inspector Bradstreet no podía ver a su atacante ni podía escucharlo, pero podía sentirlo, cerca de él, acechando, esperando el momento oportuno para atacarlo. Desenfundo como pudo su revólver, y con un último acopio de valor decidió hacerle frente. La figura apareció de repente frente a él, golpeándolo brutalmente en el pecho y arrojándolo varios metros hacia atrás, hasta chocar con una pared.

El inspector luchó contra la inconciencia, sabiendo que representaría la muerte. Podía sentir el sabor de su propia sangre en la boca, y un dolor lacerante en el costado derecho de su pecho; pero a pesar de todo había sido capaz de retener su arma. Por instinto disparó repetidamente, sin apuntar, al lugar donde había visto por última vez a su agresor, con tan buena suerte de que este aún no había cambiado de lugar. Sin embargo, y aunque podía jurar que las balas habían impactado, la figura avanzó tranquilamente hacia él. Al acercarse pudo verlo con mayor detalle, si bien su apariencia era la de un hombre alto y bien formado, de rasgos arios, todos sus sentidos le decían que lo que se encontraba frente a él hace mucho había dejado de ser humano.

Indefenso como estaba nada pudo hacer mientras la creatura se acercaba, y unos ojos azules como el hielo -y aún más fríos- desprovistos de razón y llenos de instinto, se posaron en los suyos, a unos pocos pasos de distancia. Mantuvo la mirada, desafiante, como una última señal de dignidad, preparado para afrontar la muerte. Cuando de la nada una fuerza totalmente inesperada arrojo al desconocido varios metros hacia atrás, tal como había pasado antes con el inspector. El grueso muro de vapor, y la propia niebla de su mente, le impidieron a Bradstreet saber que pasaba en realidad, pero por los ruidos era evidente una pelea de grandes magnitudes.

Quién (o qué) era capaz de hacer frente a un ser tan aterrador era algo que la mente del Inspector no podía imaginar, así que prefirió concentrar sus esfuerzos en tratar de recargar su arma, pero sus dedos no le respondieron. Respirar se le hacía cada vez más difícil, el dolor agudo daba paso ahora a una profunda somnolencia y tenía frio, más frio del que recordara haber sentido nunca. Estaba a punto de dejarse arrastrar por el sueño cuando una voz fría y gentil le devolvió la conciencia, al menos en parte.

   Inspector Bradstreet, lamento haber llegado tan tarde -la voz provenía de un hombre, un perfecto caballero inglés de rasgos arios y elegantes, que se encontraba junto a él, a un par de pasos de distancia-. Veo que no pude evitar la muerte de su compañero, ni su ataque; pero le aseguro que me encontraba desde hace varios días tratando de dar con su difunto agresor. Londres es, sin embargo, una ciudad demasiado grande, y encontrarlo me tomo más tiempo del que había pensado. Era un viejo amigo, y me hubiese gustado poder ayudarle de alguna forma; pero cayó por un espiral oscuro, sin retorno, que le arrebató por completo su raciocinio, y nada pude hacer ya por él, salvo liberarlo.

Bradstreet intento dar gracias a su salvador; pero fue incapaz de articular alguna debido a su debilidad. Alzo la mirada, buscando al menos agradecer con sus ojos a aquel que consideraba su salvador; pero tuvo la sorpresa de encontrarse con unos ojos familiares, azules como el hielo, enmarcados en un rostro de rasgos amables, pero no por ello menos gélidos e intimidantes. 

   Bueno, ya nada puedo hacer para remediar lo sucedido -continuó la voz-; pero al menos puedo asegurarle que el caso está ahora cerrado y que ningún obrero volverá a desaparecer, al menos por la misma causa. Es usted un hombre impresionante Inspector, realmente valiente y aguerrido; pero me temo que se encuentra terriblemente lastimado, demasiado. Muchos otros hombres hubieran muerto de inmediato con la gravedad de sus heridas, y creo que usted no tardará en seguirlos. Sin embargo, tal vez haya algo que pueda hacer por usted…

Y mientras decía estas palabras se acercó al detective, inclinándose para levantarlo del suelo. Lo último que Bradstreet pudo ver antes de perder la conciencia fue una amplia sonrisa, fría y dura como la piedra, a poca distancia de su rostro.

martes, 3 de abril de 2012

Imperio


Las enormes puertas de acero y ébano chirriaron de forma estruendosa mientras se abrían. No había pasado aún una hora desde el amanecer; pero ya una gran cantidad de personas de todo tipo se apiñaba  por fuera de la muralla, ansiosas de entrar a la ciudad. Campesinos, comerciantes, mensajeros y hombres de armas se apretujaban por igual en una multitud expectante, que empezó a fluir de manera lenta a través del portón recién abierto.

Amroth se mantuvo a la distancia y esperó a que el grueso de la muchedumbre hubiese pasado antes de guiar a su caballo a través de la puerta. Los soldados lo contemplaron con especial suspicacia al ver su equipamiento completo y su montura de guerra; pero le dejaron pasar sin ningún contratiempo, acostumbrados como estaban de ver entrar soldados y mercenarios a la capital.

Cabalgó despacio a través del breve túnel que se abría tras lo puerta y que atravesaba la muralla, y no pudo evitar maravillarse -una vez más- con la colosal construcción. El muro rodeaba por completo a la ciudad, que era la metrópoli más grande del continente, y tenía una altura de 30 pies en su parte más baja y un grosor nunca inferior a 20 pies. Se encontraba construido en su totalidad por bloques de granito perfectamente tallados, en cada uno de los cuales se ponía en evidencia el obsesivo esmero de los constructores.

Pero si la muralla era imponente, la ciudad a la que protegía no se quedaba atrás. Una vez superada la transitoria oscuridad del túnel, Amroth se encontró frente a un océano de torres y edificios que llegaba hasta donde daba la vista. Las altas construcciones de múltiples niveles, tan escazas en otros territorios, eran aquí normales y abundaban de tal manera que parecían crecer de forma natural, como los árboles en un bosque. Y la gente, en ningún otro lugar ni del Imperio ni de los Reinos Libres podría encontrarse tal cantidad de personas, y mucho menos con una diversidad tan marcada. Los comercios, formales e informales, abarrotaban las aceras, y ríos interminables de seres humanos de todas las etnias del continente, e incluso de las tierras más allá del mar, inundaban las calles saturadas de vida y de caos.

Pero este caos no era agradable en absoluto para Amroth, acostumbrado como estaba a la soledad de los bosques y la tranquilidad de las villas pequeñas, el maremágnum que se agitaba a su alrededor era demasiado opresivo, casi asfixiante, y esa era la principal razón por la cual evitaba al máximo visitar la capital imperial. Sin embargo, sus ojos seguían tan atentos como de costumbre y a pesar del gentío pudo notar las figuras que intentaban moverse con disimulo en dirección a él. Las contó rápidamente, y vio que el número había aumentado en las dos últimas cuadras. Eran ya ocho, y se había hecho más que evidente que pretendían cercarlo. No tenía nada que preocuparse con respecto de ellos, pero le pareció divertido mantener el juego un rato más.

Finalmente, cuando se cansó de jugar, detuvo a su caballo y sonriendo esperó a que los soldados lo rodearan. Ocho guardias de la ciudad se acercaron lentamente, llenos de recelo al saberse descubiertos hace largo tiempo y preguntándose el porqué de la rampante sonrisa del individuo al que habían estado siguiendo afanosamente. Sin embargo, cuando el cerco estuvo completo, Amroth fue el sorprendido al ver salir de entre la multitud una figura que hasta el momento no había percibido. Un individuo enfundado por completo en una túnica negra de ribetes rojos y cuya capucha cubría por completo su rostro, salió de repente del tumulto para unirse a los soldados. Amroth reconoció con facilidad los emblemas, y se rió por dentro al darse cuenta que era tanta la amenaza que parecía representar para los guardias que estos incluso habían solicitado el apoyo de un hechicero imperial.

Fue justamente este quien se dirigió hacia él. Disculpe que lo molestemos extranjero -dijo con un tono neutro y frio; pero cortés- pero no ha pasado para nosotros desadvertido la naturaleza de su equipaje y le recordamos que, según las normas del Imperio y por motivos de seguridad, todos los artefactos ancestrales deben ser declarados al entrar en la ciudad.

Amroth, que había intentado mantener un semblante serio, no pudo evitar volver a sonreír, y por un momento paso su mano por la empuñadura de su espada, en un acto reflejo motivado por las palabras del mago. La retiro de inmediato, al ver la tensión que el gesto produjo en los soldados, y con un gesto pidió permiso para llevar la mano a sus alforjas. Los soldados se mantuvieron expectantes, y se relajaron un poco al verlo sacar un par de pergaminos que entregó sin desenrollar al hechicero.

Este los sostuvo uno instantes entre sus manos, antes de intentar desenrollarlos, y luego los abrió con tranquilidad leyendo su contenido. Al terminar levantó la cabeza y, con un muy ligero temblor de voz, se dirigió hacia el que hace un minuto no era para él nada más que un mercenario sospechoso. Disculpe señor -dijo con renovada cortesía y en un tono mucho más amable-  pero no imaginaba que…

Sí, lo sé. -Dijo Amroth interrumpiéndolo de manera abrupta, pero con un tono amistoso- Mi apariencia no habla muy bien de mí, no te preocupes por ello, no es algo nuevo. Sin embargo, el tiempo apremia y ya me he retrasado bastante con ustedes, así que, si me lo permiten, me gustaría seguir con mi camino. Aunque agradecería que me dieran algunas indicaciones, no estoy muy acostumbrado a la ciudad, y me siento un tanto desorientado.

No se preocupes señor -respondió el hechicero mientras hacía un gesto con la mano hacia sus compañeros- para nosotros será un placer escoltarlo hacia el palacio imperial.