miércoles, 28 de marzo de 2012

Fantasma (Parte 2)

Jonathan intentó evadir el golpe; pero lo súbito del ataque le hizo imposible esquivarlo, y las uñas del animal se clavaron con una fuerza aterradora en su costado, desgarrando el gabán, lacerando la piel y el musculo, e incluso astillando el hueso. La potencia del ataque lo hizo retroceder varios metros y antes de que pudiese responder, la enorme bestia se encontraba nuevamente sobre él. Como acto reflejo invoco a la sangre, buscando acelerar sus movimientos y su capacidad de reacción, y se concentró en esquivar el siguiente golpe, mientras trataba de pensar en una estrategia.  

Esquivó el siguiente zarpazo con dificultad, pero sintió que por fin lograba adentrarse en el ritmo del combate. Su tradicional estilo ofensivo era inútil, ya que era imposible que derribara a la criatura con uno o dos ataques, mientras que él muy probablemente no sería capaz de resistir otro golpe como el que acababa de recibir, así que se decantó por una estrategia defensiva.

Esperó la siguiente embestida, y esta vez logro esquivarla con algo más de facilidad, moviéndose en el último instante hacía su derecha.  El golpe dejó expuesto el flanco del monstruo, y Raven lanzó una estocada rápida hacia sus cuartos traseros, buscando limitar su movilidad. La punta de la espada se clavó en la parte superior del muslo de la bestia, y si bien el corte no fue muy profundo, sin lugar a dudas debió ser doloroso, ya que el enorme lobo rugió lleno de rabia y se giró de forma brusca, intentando devolver el daño. Era un contraataque más que predecible, y Jonathan se agacho para esquivar la garra al tiempo en que levantaba la espada, cortando nuevamente la carne de la bestia, ahora a la altura del antebrazo, y de inmediato dio un salto hacia atrás buscando poner distancia de por medio.

El monstruo terminó de girar, quedando nuevamente de frente, y se tomó un instante para medir las distancias, luego dio dos pasos rápidos hacia delante, estirando el cuello para intentar morderlo en el hombro. Jonathan sintió como los afilados colmillos se hincaban en su carne y retrocedió bruscamente, logrando sacar el hombro antes de que las fauces de la bestia se cerraran con un chasquido metálico. Se alegró por un momento de ya no sentir dolor (al menos no de la forma en que lo hacen los mortales) al notar su carne desgarrada nuevamente, y sonrió al ver la oportunidad que había estado esperando. Aferró con ambas manos la empuñadura de su katana, y lanzo con todas sus fuerzas una estocada perfectamente horizontal hacia la parte inferior de la mandíbula del lobo, al punto donde el cuello se une a la cabeza. Sintió como el gélido acero perforaba el tejido blando hasta llegar al cráneo, y como el duro hueso cedía frente al filo perfecto de la hoja. La bestia convulsionó por unos instantes, para luego desplomarse sin poder lanzar siquiera un aullido de dolor.

Jonathan sacó la hoja con esfuerzo, y cerró los ojos por unos instantes, llamando a la sangre para que cerrara sus heridas. Cuando los abrió, unos segundos después, en donde antes estuviera el descomunal cuerpo del lobo ahora solo quedaba un hombre desnudo, ya bastante maduro, pero de solida constitución, con el cuerpo lleno de cicatrices y con la cara sumergida en un charco de sangre. Se giró lentamente, para hacer cara a la niña que sirvió como carnada. Qué bueno que aun estés aquí -le dijo con una voz tan fría como la nieve que los rodeaba- necesito hacerte unas cuentas preguntas.

sábado, 24 de marzo de 2012

Fantasma (Parte 01)

Jonathan se llevó las manos a la solapa de su gabán para acomodarlo y luego volvió a introducirlas en sus bolsillos. Si bien no tenía necesidad de disimular, ya que no había nadie que pudiera verlo, le gustaba fingir que sentía frio. Obligó a sus pulmones a inspirar a profundidad, intentando capturar algún aroma extraño, algún rastro inusual en el aire de la noche; pero no encontró nada, salvo el olor frio y acuoso de la nieve, y el aromático de las agujas de pino. Aguzo igualmente sus ojos y sus oídos sin encontrar tampoco señal alguna de anormalidad.

Eran las doce pasadas y, hasta donde sus sentidos preternaturales podían penetrar la noche, el parque de Saint James se encontraba completamente desierto, salvo por un enorme perro negro que buscaba refugio de la ligera nevada debajo de una banca de piedra cercana. La estación apenas empezaba, y los copos de nieve eran aun leves y dispersos; pero prometía ser un invierno largo e inusualmente gélido, y si el corpulento animal no encontraba pronto un refugio más cálido, no tardaría en morir de frio en las noches venideras.

Se preguntó una vez más que hacía en ese lugar, aunque conocía muy bien la respuesta. Saint James era el único de los grandes parques urbanos de Londres que se encontraba bajo el dominio de la estirpe, y durante las últimas dos semanas los vampiros ferales que lo habitaban se habían estado quejando de “una presencia espiritual de carácter sombrío en el lugar”. Le parecía irrisorio que un grupo tan intimidante y agresivo de no-muertos como aquel se asustara con cuentos de fantasmas; pero el asunto ya empezaba a llamar la atención de los mortales por lo cual Maximilian había decido intervenir. Y había sido a él, en su condición de arconte y dados sus (a su propio criterio tan limitados) conocimientos sobre el mundo espiritual, a quien habían enviado a zanjar el asunto.

Esta era la segunda noche que pasaba en el lugar,  y empezaba a creer que esta también sería un completo desperdicio de tiempo cuando las luces eléctricas del lugar titilaron por un instante, y una figura difusa surgió en uno de los extremos de su visión. Giro lentamente su cuerpo,  para hacerle frente a la repentina aparición, y se encontró con lo que, por su estatura y complexión, debía ser una adolecente, casi una niña.

Si bien, a primera vista, la figura a no parecía tener nada extraño, para sus ojos de cazador estaba llena de pequeños detalles que la hacían muy intimidante. Era evidente que no respiraba, ni parecía tener reacción alguna frente al frio de la noche, y sin embargo sus instintos no reconocían en ella a otro miembro de la estirpe. De igual forma no despedía ningún olor, y su llegada no había generado el más mínimo de los sonidos. No podía ver su rostro, ya que La capucha de su chaqueta lo ocultaba por completo  bajo un marco profundo de sombras, contrario a la iluminación del lugar, y si pregunto si realmente hubiese querido verlo.

Sin embargo, había algo que no encajaba en el conjunto, una excesiva teatralidad en la escena. Invoco a la sangre, enviándola a sus ojos, para activar la visión espiritual que era tanto una bendición como una maldición para su linaje, y entonces confirmó sus sospechas. La joven que se encontraba frente a él era un ser de carne y sangre, un mortal cubierto por un manto de sombras y de ilusión.

     Te esperábamos Cuervo Negro –dijo una voz suave y dulce, casi infantil, pero a la vez afilada- sabíamos que vendrías.   

En esa frase encontró todas las respuestas que necesitaba -solo los lobos lo llamaban de esa manera- se giró bruscamente mientras desenfundaba la espada escondida bajo el gabán con manos más rápidas que la vista humana; pero ya era demasiado tarde. Una monstruosa creatura  negra de aspecto lobuno, del tamaño de un caballo y más corpulenta que cualquier equino, se abalanzó sobre él, con sus enormes zarpas brillando como cuchillos bajo la fría luz de la luna…

domingo, 18 de marzo de 2012

Aeon


Un viento desagradablemente cálido y arisco, cargado de malos presagios, recorría el fondo del desolado cañón. Los cascos del caballo, en su repiqueteo, producían de manera constante el agudo sonido del metal contra la piedra, en la medida en que las herraduras de acero chocaban una y otra vez contra la roca cristalizada de la que estaba compuesto tanto el suelo como las paredes de la depresión. No podía verse criatura viviente alguna en el lugar, ni una lagartija en el suelo, ni una brizna de pasto entre las piedras, ni siquiera algún ave solitaria revoloteando en el cielo. Y el infinito silencio del lugar, roto solamente por el lamento agónico del viento incesante, solo aumentaba aún más la sensación de opresión, de desespero, que reinaba en el lugar, y por la cual nadie se atrevía a pasar por él de manera voluntaria.

Ser Janus detuvo a Viento Negro, su montura, con la intención de inspeccionar con más detalle el lugar, y no pudo evitar preguntarse cuantas décadas, tal vez centurias, habían pasado desde la última vez que alguien hubiese tenido la osadía de pasar por el lugar. Ocho siglos habían pasado desde la batalla de que había transformado lo que antes fuera un fértil cañón fluvial en el terrorífico erial que ahora era. La batalla en la que el cruelmente afamado dragón rojo conocido como Ankaleth se había enfrentado con Aeon la Sombra -un no menos aterrador dragón negro- por el dominio del territorio, en la última gran expansión del Imperio.

Antes de la confrontación Aeon había gobernado el lugar durante incontables años, pero su negativa a unir sus territorios al creciente imperio forjado -a sangre y fuego- por sus hermanos de raza, termino por llevar a los colosales reptiles a la confrontación. Las huestes rojas de Ankaleth atacaron el lugar con ferocidad brutal, pero Aeon y sus hijos no se quedaron atrás y presentaron batalla con igual fiereza. Durante tres días con sus noches el cañón se llenó con nubes de fuego y ácido, y los vapores sulfurosos producidos se dispersaron a lo largo de muchos kilómetros causando muerte y desolación. Como resultado final todos los negros fueron exterminados, terminando por su señor que fue el último en caer. Pero los rojos no salieron indemnes, la tropa de Ankaleth se vio reducida a menos de la mitad y ese fue un golpe del que las fuerzas imperiales nunca se recuperaron del todo.

Mucho tiempo había pasado desde entonces, y desde hacía al menos cinco siglos nadie había visto un dragón; sin embargo el Imperio seguía en pie, gobernando más de la mitad del continente, y a través de sus descendientes humanos, la huella de los dragones seguía presente en todos los pueblos de la tierra. Las profecías de los oráculos decían que los mágicos reptiles regresarían algún día, despertando de sus milenarios letargos para  traer nuevamente ríos de sangre y lluvias de fuego sobre los pueblos de los hombres, para castigar a sus descendientes mortales por su complacencia y debilidad, por su decadencia, y para regir con puño de hierro una vez más sobre la humanidad. Y Ser Janus, príncipe heredero y supremo comandante de las tropas del reino sombrío de Avalon, era uno de los que se encargaría de que garantizar que dichas profecías se cumplieran. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

Hielo


El frio del ambiente era casi insoportable, el invierno había sido especialmente duro este año, y ahora, al acercarse la noche, la temperatura era sencillamente glacial. Todo a su alrededor, la calle, los barandales de la bahía, la fachada de los edificios en la otra acera, se encontraba cubierto de una considerable capa de hielo. Como era de esperarse con un clima semejante, no podía verse una persona en varias cuadras a la redonda, ya que todos se encontraban en sus casas buscando algún refugio de la crueldad de la estación. 

Así que deambulaba solo por el malecón, viendo como  el sol se ponía con lentitud detrás de los enormes edificios  al otro lado del (ahora congelado) rio.  Se sentó en la banca de siempre, sin prestarle atención al hielo, y llevo su mirada hacia el horizonte, hacia el cielo teñido de escarlata. Tal vez fuera el  rojo del cielo, tal vez algún sonido que llego distante a través de las calles vacías, pero su mente lo traicionó, transportándolo en su interior a otro tiempo, hacia un año  y una estación ahora distantes. 

Y de repente ya no fue invierno, sí no otoño, y no anochecía sí no que amanecía, y pudo verla -una vez más- de pie a su lado, apoyada en el barandal y mirándolo con amor, mientras él se sentaba en esa misma banca, para descansar sus pies adoloridos después de una noche entera de fiesta. El aire de la madrugada era frio; pero vivificante, y ella se había negado a ponerse el abrigo, así que se encontraba nada más con su vestido corto de fiesta, negro y rojo.  Era sin duda una aparición maravillosa, su belleza se veía resaltada y enmarcada, como un halo radiante, por la luz del alba, y la imagen, el cuadro que se formaba por su presencia brillante en el malecón gris, era tan hermoso que se había quedado grabado con tal fuerza en su mente que más de dos décadas después aun podía recordarlo con perfecto detalle.

Aquella mañana había pensado en proponerle matrimonio; pero el miedo  juvenil al rechazo, junto con muchos otros temores, había terminado por detenerlo. Y si bien con los años dicha decisión se había mostrado más que conveniente (nunca se hubiese perdonado el arrastrarla a la oscuridad en la que ahora se veía obligado a medrar, el someterla a todos los infortunios propios de su causa, de su cruzada), no podía evitar esa tenue -pero constante-  sensación de pérdida, de vacío, que lo embargaba cada vez que pensaba en ella.