martes, 27 de noviembre de 2012

Los Bosques de Worcester 03 (Lado B)


El bosque se prolongó durante un par de horas, y durante todo ese tiempo Jonathan tuvo la vista perdida en el profundo verdor de la arboleda, mientras sus pensamientos divagaban saltando de un lugar a otro de su infancia. Muchas memorias que creía perdidas por completo reaparecieron de manera inesperada; sin embargo, los recuerdos -aunque nítidos- se le hacían distantes e impersonales. Como si fueran los recuerdos de alguien más y él sólo las estuviera contemplando, como un simple espectador en los balcones del teatro.

Aunque para los estándares de la estirpe Jonathan era aún muy joven, la percepción de dicho distanciamiento con sus propias memorias le hizo sentir viejo, terriblemente viejo, de una forma en que pensaba sólo podían sentirlo los mortales. Su ánimo se puso turbio, y no pudo evitar hacer comparaciones. Cuando era niño, durante las vacaciones, el trayecto a través del bosque era sinónimo de dicha. Significaba un alejamiento de las grises y monótonas calles de Boston, y del viejo caserón donde solía pasar en soledad la mayor parte del tiempo. Incluso representaba la posibilidad de ver a sus queridos abuelos paternos, que solían viajar desde Inglaterra para acompañarlos durante esa época.

Pero ahora era un viaje que hubiese preferido evitar. Cada minuto, desde que había bajado del avión, no había hecho nada salvo enfrentarse con recuerdos que de forma voluntaria había encerrado en lo profundo de su mente para que no pudieran tocarlo, y sabía muy bien que en la vieja casona campestre le esperaban aún más. Y eso sin contar con tener que hacerle frente a Marie. La última vez que la había visto, era una jovencita encantadora de 16 años, presentándose en sociedad en el Club de Boston. Estaba feliz de verlo, después de tantos años de ausencia, y no pareció prestar demasiada atención a su piel fría y a su necesidad apremiante de partir antes del amanecer.

Pero eso fue hace ya casi tres décadas, en las cuales no se habían vuelto a ver, aunque habían hablado unas cuantas veces por teléfono. Marie era ahora una mujer madura, que había pasado por un divorcio hace alrededor de una década y tenía un hijo de veinte años estudiando Relaciones Internacionales en Inglaterra. Una mujer solitaria que, sin lugar a dudas, ahora se mostraría mucho más inquisitiva e interesada en la aparente juventud eterna del que fuera su tío favorito. Sobre todo al estar atravesando ahora la edad en que los mortales se sienten despedirse por completo de su juventud, y el temor a la vejez (y a la muerte) se hace cada vez más fuerte.

Boston es un territorio antiguo, donde la magia mortal tiene un profundo arraigo y lo sobrenatural no es visto con tanta extrañeza como en otros territorios de  Estados Unidos, sobre todo en sus áreas rurales; pero de todas formas iba a ser muy complicado ocultarle por completo a su sobrina el alcance de su actual naturaleza, de su maldición. Tendría que jugar con verdades a medias y mentiras cubiertas, algo que le desagradaba bastante, más aun al tratarse de su propia familia... Si es que aun podía llamarla así...

En ese momento el auto se detuvo, y la voz de Sophia rompió una vez más el silencio absoluto que ha reinaba en el ambiente:

            Bueno Raven -dijo intentando ser solemne-, bienvenido a casa.

           No Sophia –respondió a su vez, con voz ligeramente triste-, esta ya no es mi casa. Dejó de serlo hace mucho tiempo, incluso antes de que muriera, y más aún después de eso… Y eso es algo que nunca podré recuperar.  

viernes, 16 de noviembre de 2012

Los Bosques de Worcester 02 (Lado B)

El aterrizaje fue tan tranquilo como el resto del viaje, y tras un desembarco rápido, seguido de unos pocos minutos mientras sellaban su pasaporte, Jonathan se vio en medio del profundo ajetreo del aeropuerto. El lugar se encontraba lleno, a pesar de la hora, y el enorme flujo de pasajeros le impresionó bastante. El aeropuerto mismo había cambiado mucho desde su última visita, hace dos o tres décadas, al punto de parecerle totalmente diferente al que recordaba.

Busco con la mirada, entre la multitud, al conductor que se suponía Mary había enviado para recogerlo. Para su suerte lo encontró casi de inmediato, y tras un breve instante para identificarse pudo alejarse con prontitud del lugar y del incomodo gentío. Con el paso de los años, las aglomeraciones de personas se le hacían cada vez más desagradables, aunque no podía precisar una razón concreta para tal molestia. Sin embargo prefería no pensar demasiado en eso. El paso de las décadas solía llenar de extrañas manías a la gran mayoría los miembros de la estirpe, él era muy joven aún, para los lineamientos de la no-vida, pero no podía evitar sentir como poco a poco se desconectaba cada vez más de la humanidad circundante, y eso era algo que sencillamente le asustaba, razón por lo cual prefería no meditar demasiado sobre el asunto.

El viaje en auto fue rápido. Circundaron la ciudad y se dirigieron por el oeste hacia Worcester, donde se encontraban las propiedades rurales de la familia Raven. A pesar de no haberse adentrado casi en la ciudad, Jonathan pudo contemplar en buena medida el panorama de Boston. La ciudad, al igual que el aeropuerto, había experimentado grandes cambios. La mayoría de las casas que podía recordar habían desaparecido, y una gran cantidad de edificios relativamente nuevos llenaba ahora el horizonte. Casi llego a pensar que se había equivocado de ciudad (aunque sabía, en el fondo, que tal cosa era imposible); pero unos pocos puntos de referencia conocidos le comprobaron que se encontraba en su ciudad natal, si es que todavía podía llamarla de esa manera.

Si bien era cierto que había nacido en Boston en los años posteriores a la  Segunda Guerra Mundial, la ciudad se le hacía ahora extraña por completo. Cualquier vínculo que en el pasado pudiera haber tenido con la urbe se encontraba ahora roto. Y en lugar de sentirse como un viajero que regresa a casa después de largo tiempo de ausencia, se sentía como un completo extraño, como un extranjero llegando a una ciudad que le resulta desconocida y hostil, en la que siente de antemano que no hay lugar para él.  Camus tenía razón -pensó con tristeza recordando brevemente a Meursault- no hay nada peor que sentirse extranjero en la propia tierra…

Al menos el bosque no había cambiado demasiado, y eso lo reconfortó. Sus linderos habían retrocedido bastante, y los caminos eran algo mejores; pero una vez dentro se seguía respirando ese olor a antigüedad que tanto le había fascinado cuando era niño. La mayoría de los árboles del lugar habían estado allí desde antes que nacieran sus padres -o incluso sus abuelos-, y ocultaban entre ellos secretos aún más antiguos, algunos de los cuales era preferible dejar en el olvido.


Sus pensamientos vagaron por un momento en la arboleda, y más allá de ella, pero salió pronto de su ensimismamiento. Bajó la ventana del auto y se forzó a respirar, dejando que lo inundara el aire frio de la noche. El olor de la briza nocturna llego cargado de ironía y de recuerdos… Cuando niño había amado este bosque durante las horas de luz y le había temido durante las de oscuridad, asustado de los monstruos y fantasmas que concebía su imaginación infantil; pero ahora era él quien se había convertido en un monstruo similar a los de sus pesadillas, uno que había perdido casi por completo la capacidad de sentir miedo, al tiempo que era capaz de asustar a la mayoría de las cosas que lo aterraban de pequeño.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Los Bosques de Worcester 01 (Lado B)

Jonathan revoloteó inquieto en su asiento, tratando de buscar la comodidad que le era esquiva. A pesar de que el viaje desde Londres había acorrido según lo planeado y sin ningún contratiempo, no había dejado de sentirse intranquilo durante todo el vuelo. Miró su reloj por centésima vez, y comprobó que faltaba muy poco para terminar el viaje. Sin embargo eso, en lugar de tranquilizarlo, sólo incremento su preocupación.

Intentó distraer su mente, y recorrió su entorno con la mirada. Primera clase tenía esa noche sólo un puñado de pasajeros, todos de traje y corbata, con la típica apariencia de hombres de negocios ingleses, fríos e impersonales. Se miró, con su traje Armani negro, y pensó que él mismo encajaba con facilidad en ese esquema, siempre y cuando no se detallara demasiado en los zapatos Converse. Únicamente Sophia, que dormía tranquilamente en el asiento de al lado, desentonaba con el ambiente. A pesar de su vestido formal, su aire juvenil y desenfadado la hacía resaltar entre todos los pasajeros de la sección. 

Sin embargo, ver a Sophia a su lado -tan llena de vida- le resultaba igualmente inquietante e incluso un poco doloroso, al pensar en todo el peso que pondría tarde o temprano (aunque lo siguiera postergando como hasta ahora) sobre sus hombros, y en todo lo que le arrebataría cuando llegara ese momento. De repente, y para su suerte, la luz de aterrizaje se encendió, sacándolo de sus pensamientos. Se abrochó el cinturón de seguridad, al tiempo en que se reclinaba en su silla esperando el descenso.

Fue justo en ese momento cuando comprendió la razón de su angustia: no era el viaje ni sus posibles peligros lo que le oprimía, sino su lugar de destino en sí mismo. Habían pasado varias décadas desde que abandonara Estados Unidos, y más décadas aún desde que abandonara el que alguna vez fuera su hogar. Su hermano pequeño había muerto de vejez hace ya varios años, y la menor de sus sobrinos –Mary, con quien se vería dentro de poco- debía rondar ya los cuarenta. Y sin embargo él no había envejecido ni un solo día, al menos en apariencia, en todo este tiempo.

¿Qué pensaría la pequeña Mary cuando lo viera, sin cambio alguno después de tantos años? Su sobrina no era del todo ignorante de su naturaleza preternatural; pero aun así, verlo sin cambios después de tanto tiempo debía resultar demasiado extraño, y probablemente muy intimidante. Si bien el único hijo de Mary estudiaba en Inglaterra, Jonathan se había mantenido intencionalmente alejado del joven, por la seguridad del mismo. Aunque siempre, desde la distancia autoimpuesta, había velado por su bienestar.

A pesar de todo, incluso del peso de su maldición, nunca se había olvidado de su familia, y era justamente por eso que ahora regresaba a su suelo natal, a los bosques de Worcester y a la vieja casona de descanso de la familia. 

-¿Qué pasa Raven? –Dijo de repente Sophia, con tono somnoliento, sacándolo una vez más de sus cavilaciones- ¿Ya llegamos?

Sí, abróchate el cinturón –respondió con voz cansada, mientras dirigía su mirada una vez más hacia la ventanilla y al suelo que iba apareciendo rápidamente bajo ellos-, ya falta poco para aterrizar.


Nota: Para ver el lado A de la historia, toca remitirse a http://pienso-discurro.blogspot.com/, ya que viene de manos diferentes a las mías, y desde una perspectiva bastante diferente. Hasta el momento ya se han publicado dos partes de dicho lado A, y pronto llegará la tercera.

lunes, 22 de octubre de 2012

Space Marine



Redclaw  descargó con furia su hacha sobre la cabeza de su oponente, recibiendo como respuesta el sonido seco del cráneo que se rompe.  Llevaba dos días continuos de guerra sin cuartel, y el arma se había teñido por completo de rojo, con la sangre de todos aquellos que le habían hecho frente. El guerrero se encontraba herido y agotado, pero la infinita cólera que ardía en su interior -sumada a su desesperado deseo de supervivencia- lo mantenía en pie hora tras hora.

Los mutantes habían aparecido hace tres días, arrasando una tras otra las aldeas del clan Drumkil hasta que Redclaw y los suyos les hicieron frente, deteniendo su avance. El pueblo del guerrero era bastante barbárico y primitivo,  especialmente a la luz del imperio, y los mutantes tenían mucho mejor armamento y equipo, además de extraños poderes; sin embargo, Redclaw y los suyos se habían encargado de enseñarle a los extranjeros a temer a sus hachas de guerra y a sus espadas, y sobre todo a las hábiles manos que las empuñaban.  

Pero era una lucha sin esperanza, la desigualdad de fuerzas era demasiado marcada, y poco a poco los guerreros del clan Drumkil habían ido cayendo. Sólo un puñado de hombres permanecía aún con vida, y todos ellos sabían que su fin estaba cerca. A pesar de todo, eran un grupo fiero y unido, miembros de una orgullosa  y violenta estirpe guerrera, y continuarían luchando mientras pudieran mantenerse en pie, sabiendo que su caída representaría también la caída de todo su pueblo.

Redclaw encaró a un nuevo enemigo, buscando de inmediato algún punto débil en el pesado traje de acero, y hundiendo allí su pesada hoja. Sus fuerzas empezaban a fallarle y las piernas le temblaban de cansancio, pero se había prometido a si mismo que la muerte lo encontraría de pie. Sentía a la tierra temblar bajo él y al cielo rugir sobre su cabeza, -probablemente eran sus dioses llamándolo a la siguiente vida-; pero no tenía tiempo para pensar en ello. Un enorme mutante -de dos veces su tamaño- se plantó frente a él, y Redclaw levantó su hacha una vez más, casi seguro de que sería la última vez que la esgrimiría en esta vida.

De repente, una lluvia de fuego arrasó a su oponente, y a varios mutantes más que se encontraban en la cercanía. Desconcertado, Redclaw alzó la vista,  y contempló las enormes naves voladoras que se agrupaban  sobre ellos, y de cuyos vientres abiertos caían numerosas criaturas hechas de fuego y acero, que ocupaban el lugar de su pueblo en la batalla. Incapaz de sostenerse, y creyendo presenciar un milagro, se desplomo sobre sus rodillas y se sumió en la completa oscuridad.   

Cuando recuperó la conciencia la batalla había terminado ya, y  ni uno solo de los mutantes permanecía con vida. Uno de sus salvadores se levantaba frente a él, humanoide en apariencia, pero más alto que el hombre más alto de su clan, y con la piel totalmente de acero.  La imponente creatura se llevó las manos a su cabeza, y se despojó de lo que ahora demostraba ser un casco,  dejando a la vista -para sorpresa de Redclaw- un rostro humano, duro como una piedra y curtido por la batalla.

Levántate guerrero -trono lo voz, antes de que el asombrado bárbaro pudiera decir palabra alguna-, admiramos tu fiereza, tu fuerza y tu coraje. Tu batalla ha terminado, pero tu guerra apenas empieza. De ahora en adelante pelearas a nuestro lado, y levantaras tu espada para proteger la pureza del imperio y dar gloria al dios-emperador. ¿Tienes alguna pregunta?

Solo una –dijo Redclaw con una voz que había perdido por completo el miedo- ¿Qué clase de guerra es esa, que necesita soldados como tú?

Esa –dijo el templario negro mientras sonreía satisfecho- es una muy buena pregunta…

martes, 18 de septiembre de 2012

Tío John 02



John se acomodó en la silla, mientras los niños se sentaban en el suelo frente a él, expectantes por el relato. Incluso Peter y Mary tomaron lugar en la mesa y prestaron atención. John era un gran narrador, y si bien sus historias solían resultar bastante inquietantes y un tanto sombrías, todos lo escuchaban con deleite.

Todo fue hace mucho, mucho tiempo -empezó John- cuando el abuelo de su abuelo era todavía un niño pequeño, más o menos de la edad de Mark. Tenía dos hermanos mayores, Annette que era la mayor de todos y tenía unos 12 años, y John que debía tener unos 10. Eran tiempos duros, la cosecha de otoño había sido muy poco generosa, y el invierno se acercaba cada vez más. Por lo cual los niños trataban de ayudar en todo lo posible a conseguir comida.

 Annette y John solían ir al bosque, a recoger nueces, bayas y setas, y todo lo que pudiera servir de alimento para la familia. Annette era muy hábil en la floresta, e incluso a veces lograba cazar aves y conejos. Sin embargo, procuraban siempre no adentrarse demasiado en el bosque, en parte por temor a los lobos (que en esa época eran mucho más abundantes), y sobre todo por las historias acerca de brujas y hadas enloquecidas que solían escucharse en aquel entonces.

Su madre temía por ellos cada vez que se adentraban en el bosque, y hubiese preferido que no entraran en allí; pero la situación era apremiante, y necesitaban realmente la comida, por lo cual se veía obligada a permitirles ir. Aunque siempre que los veía partir se acongojaba su corazón, y sólo recuperaba la calma cuando los veía regresar.

Una mañana muy fría de finales del otoño, después de haber ayudado un poco con las labores de la granja, los niños se adentraron una vez más en la arboleda buscando comida. Era un día agradable, a pesar del frio, y el sol brillaba con fuerza en un cielo completamente azul, Había estado lloviendo en los últimos días, y Annette esperaba encontrar setas. La niña había estado en lo cierto, y pronto sus canastos estuvieron llenos, por lo cual decidieron aprovechar el tiempo sobrante intentar atrapar algún conejo, lo que siempre resultaba divertido.

Sin embargo el frio parecía haber espantado a los animales, y caminaron durante un buen tiempo sin ver ningún rastro. El sol brillaba con fuerza, y bajo su cálida luz el bosque se volvía un lugar acogedor y atrayente. Se fueron adentrando cada vez más en él, sin prestar atención a la distancia, hasta que finalmente lograron encontrar un conejo adormilado que buscaba alimento en la maleza; pero al intentar capturarlo el animal escapo, y en su carrera por perseguirlo el pequeño John se tropezó con una rama, cayendo al suelo. El golpe no había sido muy fuerte, pero se había torcido el tobillo, y se le dificultaba mucho mantenerse en pie. Annette lo ayudo a levantarse, y decidieron regresar de inmediato a casa.

Pero se habían adentrado demasiado en la arboleda, y con John en ese estado avanzaban muy lentamente. El sol alcanzo el cenit y fue descendiendo rápidamente en el cielo, y aun se encontraban muy lejos de su hogar. Annette empezaba a inquietarse, y John cada vez estaba más adolorido, y empezaba a llorar. Decidieron descansar un poco y se recostaron en un gran roble.

               
                -Tienes que seguir sin mí -dijo de repente John, con voz cansada-, a este paso nunca saldremos del bosque antes del anochecer.

                -No te dejare aquí -protesto Annette, levantando la voz-, hace demasiado frio. Además, ya no debemos estar tan lejos.

                -No seas tonta, aún estamos muy lejos. Ve a casa y trae a papá, el me llevará en la mula. Será lo mejor para los dos.

La idea era buena, pero Annette no se decidía a dejar a su hermano solo en un paraje tan inhóspito, sobre todo con el frio creciente. Le dio varias vueltas antes de decidirse, pero tuvo que aceptar que la propuesta de John era la mejor opción.

-Está bien, iré por papá.  Tu espérame aquí –dijo la niña mientras acomodaba a John contra el árbol y lo envolvía los abrigos de ambos-. Y por mucho sueño que tengas, ¡¡no vayas a dormirte!!

-Lo sé, lo sé. No soy tan tonto.

Annette se dio la vuelta y empezó a correr en dirección a su hogar, teniendo cuidado de no tropezar. Corrió sin descanso hasta que le dolieron los pulmones, y las piernas, y aun así siguió corriendo un poco más. Finalmente se detuvo para tomar aliento y empezó a mirar a su alrededor. Todavía estaba muy lejos de casa, y ya faltaba muy poco para la puesta de sol. Se sentía casi sin energías, pero sabía que debía seguir andando. Dio una última mirada a su alrededor, dispuesta a reemprender la marcha, cuando noto que el camino que llevaba al pueblo no estaba muy lejos.

-¡Eso es! -se dijo a si misma- saldré al camino, alguien me llevara a casa en una carreta, y volveremos cuanto antes por John.

                Se dirigió de inmediato al sendero, reanimada; pero sus esperanzas se vieron frustradas. El camino estaba desierto, y aunque esperó un tiempo, los pocos mercaderes que pasaron por allí hicieron caso omiso de la pequeña, y aceleraron su paso a verla gritar al lado del camino, probablemente temerosos de ser engañados y asaltados.

                La noche se cerró sobre la pequeña Annette, y junto con el sol  se fueron todas sus esperanzas.  El frio la había entumecido, por la falta de su abrigo- y aunque intento volver a caminar las piernas no le respondieron. Finalmente se desplomo junto a un árbol, se puso a llorar. No lloraba por ella, sino por John, que moriría de frio, solo y asustado, en la mitad del bosque.

                El frio empezaba a adormecerla cuando, de repente, un aullido no muy lejano la despertó. ¡Lobos! -Pensó para sus adentros-, me van a devorar los lobos, o tal vez se coman a John, ¡No! Debo seguir. -Y trato de incorporarse, pero le fue imposible mover su cuerpo entumecido.  

Los aullidos se oían cada vez más cerca, hasta que parecieron venir de solo a unos pocos metros de ella. Eran muchos, debía ser una manada completa. Cerró los ojos esperando lo peor, pero los aullidos se callaron, y una voz  resonó frente a ella.

-Vaya, -dijo una voz desconocida, tan suave como fría- no me parece que este sea el lugar, ni el momento más adecuado, para dormir una siesta.

Annette abrió los ojos, sorprendida, y encontró frente a ella a la mujer más extraña que hubiese visto jamás. Era tan pálida como la nieve, pero sus ojos y cabellos eran negros y brillantes como las plumas de un cuervo, al igual que él traje viejo -pero aun magnífico- que llevaba. Y era bella, era la mujer más bella que Annette hubiera visto jamás; pero era tan aterradora como bella. Como si una muy intimidante aura de amenaza la rodeara, y se sintió más asustada y desprotegida que si hubiera estado en medio de la manada de lobos.

-¡Una bruja! -Pensó temerosa, incapaz de hablar-. No, es demasiado hermosa para ser una bruja, no se parece a las de los cuentos de la abuela.  ¡Un hada! ¡Sí! Debe ser el hada solitaria y enloquecida que dicen que habita el bosque.

-Bueno -continuo la mujer- parece que el frio ya te ha entumecido la lengua; pero si no hablas no podré ayudarte.

-¡Ayuda! -pensó Annette, y fue todo lo que necesito para recuperar el habla- ¡Mi hermano! ¡Mi hermano está en el bosque! ¡Debemos sacarlo de allí! ¡Por favor!

-Oh, te refieres al niño medio congelado, apoyado en el viejo roble. Supongo que, tal vez, podría ayudarlo. Aunque no veo porque debería hacer eso, ¿Qué me darás a cambio?  

-¿A cambio? Yo no… yo no tengo nada. Somos muy pobres, no tenemos dinero… -Annette se sintió desolada, pero estaba decidida a no rendirse- Pero… ¡Puedo servirte! Limpiare tu casa, hare de comer… Mi madre dice que soy muy buena para cocinar, y se cuidar un huerto.

Vaya, pareces ser una niña con muchos talentos –dijo la mujer al tiempo en que se abstraía por unos instantes en sus pensamientos-. Y he estado sola por tanto tiempo… tal vez… sí, podría ser… te tengo una propuesta, pequeña. –y se acercó al oído de la niña mientras susurraba unas palabras que nadie más pudo oír.

Está bien  -respondió Annette en voz baja-, pero salva a mi hermano.

Nadie sabe realmente que le dijo la extraña a Annette, ella nunca se lo contó a nadie, pero esa noche los dos niños volvieron a su casa con los cestos llenos de comida que habían recogido en la mañana, Para infinita alegría de su madre desesperada. Sin embargo, Annette regresaba al bosque con regularidad, y veces se quedaba allí durante días. Finalmente, un día se quedó allí,  aunque muy de vez en cuando visitaba a su familia. En cuanto al joven John, continúo durante varios en la granja, pero cuando alcanzo la adultez también abandono su hogar, y se hizo marinero, deseoso de conocer tierras extrañas, aunque también volvió algunas veces a su hogar.  Fue así como el abuelo de su abuelo terminó por heredar la granja, y desde entonces hay quienes dicen que Annette –ya convertida en toda una mujer- aún camina solitaria por el bosque, después de ya casi dos siglos.

John se levantó de la silla, y se estiró, dando por terminada la historia. A su alrededor su familia lo contemplaba pensativa, afectados al parecer por lo vívido de la historia.

-Debo irme familia –dijo con voz cansada-, se me ha pasado demasiado el tiempo.

-¿Irte? -respondió Peter-  Pero si ya es muy tarde, quédate al menos esta noche. Estaremos encantados de tenerte aquí.

- Eso no lo dudo, sobrino; pero es necesario que me vaya. No se preocupen, volveré mañana, aún tenemos cosas por hablar, y espero quedarme unos días por aquí.

John se despidió afectuosamente de sus pequeños sobrinos y de su cuñada, y salió de la casa, acompañado por Peter.

-Toma -dijo al tiempo en que le daba a su sobrino un saquito de monedas- esto les ayudara con los gastos de la casa. También te dejaré el caballo, ya no lo necesito más, me esperan en la cercanía.

-¿Seguro de que no quieres quedarte, tío?

-Seguro. Debo visitar a alguien antes del amanecer, no te preocupes por mí. -Y sin decir más palabras, se alejó a pie por el camino.

John caminó durante varios minutos, hasta que la silueta del bosque se perfiló frente a sus ojos, al tiempo en que una multitud de recuerdos le golpeaban, recuerdos de un día muy distante, en el que había sentido miedo, mucho miedo. Una silueta femenina lo esperaba en el umbral de la arboleda, y lo saludo al verlo llegar.

John, que gusto verte -dijo una voz tan suave como fría, pero en la que podía sentirse afecto-. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.

Sí Annette, ha sido mucho tiempo... Pero me alegro de estar en casa…