jueves, 27 de octubre de 2011

Sophia

El constante y rítmico traqueteo del tren, unido a la monotonía del paisaje, terminó por adormecerla. Había cerrado los ojos, intentando dormir un poco; pero el agobiante calor seco del desierto le impedía conciliar el sueño. Resignada, abrió los ojos y se acomodo en la silla buscando una posición más cómoda, mientras volvía a fijar su vista en el horizonte, a través de la ventana. El sol se encontraba cada vez mas bajo en el cielo, y no faltaría mucho tiempo para que la oscuridad se extendiera sobre las dunas.  

Miro su reloj, para comprobar el tiempo, y se dio cuenta que todo iba de acuerdo al horario previamente establecido. Hacia ya mas de una hora que habían dejado atrás el bullicio cosmopolita del Cairo, y muy pronto llegarían a Alejandría, el destino final del largo viaje que empezará hace ya muchos días en la ahora tan distante Londres. Aunque hubiese podido hacer el viaje de manera mucho más rápida viajando en avión, había preferido tomarse su tiempo, haciendo la mayor parte del trayecto en tren y quedándose unos pocos días en los lugares de mayor importancia de su trayecto. La excusa original para tal actitud fue su deseo de viajar, pero en el fondo sabía que solo intentaba aferrarse a los últimos días de una vida que pronto terminaría.

Contempló su reflejo en el cristal de la ventana. Acaba de cumplir, hace muy poco, la veintena; pero su sangre asiática (era inglesa y japonesa por partes iguales) la hacia parecer aun más joven, al tiempo que le daba a su rostro ese toque exótico que la hacia tan atractiva para la mayoría de los hombres occidentales. De repente se estremeció, al pensar en que ese rostro que veía reflejado en el vidrio, su rostro, permanecería inmutable con el paso de los años -tal vez de los siglos-, como una hermosa y fría mascara tallada en mármol, que ninguna arruga ni surco marcaría jamás.

No es que no estuviera preparada para ello. A fin de cuentas, había sido criada desde muy pequeña para ocupar -llegado el momento- su lugar entre los guardianes; pero siempre había  pensado que su vida mortal duraría al menos unos años mas. Y probablemente así hubiese sido, si la tonta e imprudente de Helena no hubiese encontrado la muerte verdadera hace unos meses en las calles de Paris, al desobedecer a Padre e intentar cazar por si misma a Alejandra, impulsada por su incomprensible obsesión por el sombrío y callado guerrero al que llamaban Raven.

Pero ya nada podía hacerse con respecto a ello, y nada ganaba maldiciendo en silencio la estupidez de Helena. No había forma alguna de evitar su destino, y tampoco había alguna razón para que quisiera hacerlo. La carga de las serpientes era grande, pero igualmente grande era el silencioso honor que representaba dicha carga. Asumiría gustosa su lugar en la orden, y superaría cualquier prueba que le fuese puesta para ello, y con el paso de los años demostraría una y otra vez haber sido digna  de su elección.

jueves, 20 de octubre de 2011

Noche Roja

El día agonizaba ya, y solo los últimos rayos tenues de un sol -rojo como el fuego- que se escondía tras las montañas evitaban la oscuridad completa. Un viento helado proveniente del norte empezó a soplar de súbito, cargado de humedad, al tiempo en que las nubes cubrían el cielo por completo. Seria una noche oscura y gélida, muy propia del final del otoño, de esas que hacen que los hombres busquen el refugio temprano de sus endebles viviendas y del calor de la hoguera.

Pero, para él, no podría ser mejor. El clima le afectaba poco o nada, y la oscuridad de las últimas noches se había convertido en su mejor aliado, ahora que necesitaba viajar sin ser visto. Si bien es cierto que todo hubiese sido mucho más sencillo recurriendo a la magia para asumir la forma de algún mortal ordinario, que pasase desapercibido en las aldeas a lo largo del camino, había preferido viajar con su forma verdadera. Era muy placentero para él poder usar su titánico cuerpo, sobretodo después de todas esas décadas de sueño profundo. Y si bien esto había ralentizado su viaje, de todos modos no tenía ningún afán.

No, aunque ya se sentía muy cerca de sus presas, se tomaría su tiempo en alcanzarlos. Les permitiría creer que habían tenido éxito, y cuando se sintieran tranquilos -cuando se pensaran a salvo- caería sobre ellos con toda su furia, y la sorpresa haría que todo fuera más divertido. Aun no había decidido con exactitud el destino que correrían los humanos cuando cayeran en sus garras, pero era seguro que pagarían muy cara su osadía. Se arrepentirían hasta su último aliento de haberse atrevido a robarle mientras dormía, despertándolo -sin saberlo- de su calido y agradable sueño. Sí, sentirían en pleno su furia, la furia de Ankhalet el rojo, y su temeridad les atraería un enorme sufrimiento, para finalmente costarles la vida. Sin embargo, es probable que dejara a alguno con vida (aunque no sin castigo),  para que sirviera como un aterrador testimonio viviente para sus congéneres de lo que acarrea robarle a un dragón.