domingo, 22 de mayo de 2016

Imperator



La hermana Margrét se sentó de forma cuidadosa, buscando una posición cómoda, y a continuación ordenó meticulosamente su escritorio, para retirar cualquier posible distracción, dejando finalmente sólo unas cuantas hojas de papel, la pluma y el tintero. Terminado el ritual preparatorio, respiró con lentitud, cerró sus ojos por un instante, y empezó a escribir de inmediato. Llevaba varias semanas intentando escribir su tercer tomo sobre la todavía reciente guerra imperial, motivada por la gran acogida que habían tenido los dos primeros; sin embargo, las constantes preocupaciones del día a día, sobre todo aquellas relacionadas con la administración de la abadía, le habían impedido por completo dedicarse a redactar el nuevo volumen.

Preocupada por su tardanza, ese día en particular se había prometido dedicar la jornada completa a la escritura, por lo cual había organizado desde muy temprano todas las tereas diarias, desde la alimentación de las gallinas hasta la liturgia, asignando responsabilidades particulares y dando, por último, la orden a su priora de que no le interrumpieran bajo ningún pretexto inferior a la quema del convento, la coronación de un nuevo emperador o la resurrección de uno de los santos enterrados en el mausoleo.

Así, para su deleite, trascurrió la mayor parte de la mañana, y fue llenando hoja tras hoja de manera de consecutivo, a medida que reconstruía en su memoria lo ocurrido, con la ventaja que confiere haber sido testigo presencial -participe dirían algunos- de los hechos que intentaba narrar. Sin embargo, la dicha no fue completa. Faltando poco para la hora del almuerzo, su trabajo fue detenido de forma abrupta por la misma priora, quien ingresó de forma abrupta al estudio, con cara evidente de preocupación.

-Almorzaré aquí, hermana Maud, no quiero detener mi trabajo por mucho tiempo. -dijo Margrét sin levantar la vista del texto, pensando que ese era el tema que traía a la priora.

-Lo siento mucho, abadesa; pero ese no es el asunto que me trae a vuestro despacho. -¿Se está quemando el convento?
-No señora.
 
-¿Eligieron un nuevo emperador?

-No señora.

-¿Ha revivido alguno de los santos bajo nuestra custodia?

-Tampoco señora.

-¿Y entonces porque me interrumpes, contrariando mis órdenes directas?
-Es que tiene usted una visita importante abadesa, que creo que debería recibir -la voz de la priora se notaba bastante contrariada.

Maud nunca había sido una mujer impertinente; por el contrario, fue justamente por confiar en su discreción y sentido de la responsabilidad que Margrét la había nombrado priora del convento, por lo cual sus palabras capturaron de inmediato su atención.

-¿Algún dignatario estatal o un miembro importante de nuestra orden?

-No señora abadesa, parece ser sólo un viajero errante.

-Maud -dijo Margrét sin reproche pero con firmeza-, a diario recibimos infinidad de peregrinos y viajeros, si bien es cierto que es mi obligación ejercer la hospitalidad y garantizar que tengan un buen recibimiento, si atendiese a cuanta persona llega a nuestra puerta, no tendría tiempo alguno para ejercer como abadesa.

-Eso lo sé muy bien, hermana Margrét -dijo la priora con un nuevo tono, mucho más firme-. Y sabe usted muy bien que nunca la interrumpiría sin una razón válida o una causa plenamente justificada.

-Lo siento priora -Margrét se dio cuenta que la había ofendido al desconfiar de su criterio-. Sé muy bien que no contrariarías mis órdenes sin una razón plenamente justificada. Simplemente tenía la esperanza de no ser interrumpida hoy. Y dime entonces, ¿qué hace tan especial a nuestro visitante?

-Es de origen noble, sin lugar a dudas, aunque no ha hecho mención particular de tal condición e intenta pasar por un simple peregrino; pero su carácter lo delata, tiene un semblante de firmeza que no pertenece a ningún mercader o penitente. Es además muy bueno con las palabras, y aunque su carácter es gentil, resulta casi imposible oponérsele o decirle que no. Juro que intenté despacharlo en cuanto me dijo su intención; pero antes de que pudiese darme cuenta estaba corriendo hacia vuestro despacho.

La breve descripción dada por Maud llamó de inmediato la atención de la abadesa, que sintió reconocer de súbito la identidad del extraño visitante. Intentó interrogar a la priora para confirmar su sospecha, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Por suerte esta siguió hablando sin prestarle atención o al menos fingiendo no notar su consternación.

-Además, ha dicho que es un viejo amigo suyo, de las épocas en que era usted apenas una novicia, y me ha dicho que recuerde que no se debe juzgar el valor del monje por la apariencia de su hábito.

Estas últimas palabras bastaron para convencer a Margrét de la identidad del viajero, y para sorpresa de Maud bajó corriendo las escaleras a toda velocidad, con dirección a la capilla, y mayor aún fue la sorpresa de las monjas que estaban allí, al ver como su jadeante abadesa aparecía de manera intempestiva y doblaba la rodilla frente al que parecía ser un viajero cualquiera. Pero fueron las palabras de su superiora las que causaron el mayor asombro:

-Saludos mi emperador, es un completo honor tenerlo bajo mi techo -levantó la vista para mirarlo a los ojos, después de tantos años. Había envejecido de forma notoria, pero su sonrisa seguía siendo la misma, con esa calidez que tanto recordaba, y que la hizo dejarse llevar por su felicidad y, rompiendo cualquier protocolo, abrazarlo con todas sus fuerzas. 

miércoles, 13 de enero de 2016

Hong Kong 03


     Comió lentamente, disfrutando el agradable sabor de la carne de pollo bañada en salsa de soya; pero con el objetivo real de tener una excusa para quedarse quieto y poder observar con detalle su alrededor, a pesar del aparente descuido de su mirada. Cuando hubo terminado, se sumergió nuevamente en el rio de gente que transitaba por la calle, que había aumentado a medida que más y más trabajadores salían de las altar torres corporativas que inundaban la isla. Recuperó el paso errático y desenfadado con el que había iniciado su caminata, y retrocedió sobre sus pasos para acercarse nuevamente a la bahía.

     -“Parece que nadie me sigue”- pensó mientras caminaba- “o al menos nadie que sea tan evidente como los dos tipos del callejón. De todos modos, más vale estar seguro”.

     Y con esta idea volvió a detenerse nuevamente, al llegar al mar, fingiendo mirar con detenimiento al otro lado del estrecho. Sin embargo, y contra sus intenciones, la vista del ajetreo nocturno en el muelle terminó por capturar su atención, y pronto se vio sumergido en sus propios pensamientos, recordando la primera vez que había llegado a la isla, hace ya tantos años.

     A tal punto estaba ensimismado, que no notó la silueta que silenciosamente se movía a sus espaldas, ocultándose en las estructuras de la bahía y acercándose lentamente a él. Sólo hasta que sintió el filo frio del chuchillo contra su riñón derecho salió de su ensimismamiento, dándose cuenta que lo habían atrapado como pocas veces en su vida. Una voz suave y agradable, y muy familiar, susurró en su oído:

      -Vaya, he logrado lo imposible, he atrapado distraído al legendario Wraith y lo tengo a mi merced. ¿O acaso será que me dejaste ganar nuevamente, como cuando éramos niños?

     -No te mentiré: no he notado que estabas aquí. Y supongo que puedes considerarlo una doble victoria, porque era justamente en ti en quien estaba pensando.

     -Oh, por Dios –dijo con un evidente tono de sarcasmo en su melódica voz- ¿es sinceridad lo que noto en tus palabras? Ahora sí que realmente he logrado lo imposible. Esta noche todos los planetas deben estar alineados a mi favor.

     -Sabes muy bien que nunca me ha gustado mentir –dijo, dándose la vuelta de forma súbita para quedar cara a cara con ella, y sosteniendo su mirada a unos pocos centímetros, con la punta del cuchillo ahora sobre su bazo.

     -Sí, es cierto –respondió aceptando el reto y manteniendo en sus ojos fijos en los de él-; pero nunca te ha gustado tampoco decir la verdad. Siempre has sido un chico silencioso. Esas nuevas compañías deben estarte cambiando.

     -La gente nunca cambia Tis…

     -Sólo se vuelve más de lo que ya es –dijo ella terminando la frase sin darle tiempo-. Debes haberme dicho eso al menos una centena de veces.

     -Bueno, al menos sirvió para que te lo aprendieras.
 
     -Tal vez, aunque todavía no termino de creérmelo.

     Y de manera súbita lo abrazó con fuerza con su brazo libre, pegando su cuerpo por completo al de él. Wraith se anticipó al dolor de la puñalada, pero para su sorpresa nunca llegó, y fue más sorprendente aun cuando los labios de Tisífone se depositaron sobre su boca, besándolo tiernamente; a pesar de ello, mientras duró el beso la punta del cuchillo nunca se separó de su carne.

     -Bueno, el tiempo apremia –dijo ella con naturalidad al separarse, bajando por fin la hoja-. Ya casi es hora de la cena, y nuestra mesa debe estarnos esperando. ¿No pensabas dejarme tirada, cierto? No te imaginas lo difícil que fue conseguir esa reservación.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Hong Kong 02



     Los mercenarios tardaron menos de un minuto en llegar a la entrada del callejón, sacando sus armas de forma instintiva al entrar en el estrecho pasaje mal iluminado; sin embargo, el breve tiempo había sido suficiente para Wraith, que parecía haberse esfumado entre las sombras. Sus perseguidores no parecían mostrarse sorprendidos con su súbita desaparición, y se limitaban a escudriñar con cuidado el área, siguiendo el esquema propio de la milicia.

     -“Saben que sigo aquí”-pensó Wraith al contemplar su despliegue-, “saben que no he tenido tiempo suficiente para salir del callejón, y que debo estar escondido en algún lugar cercano, observándolos. Tengo que actuar rápido o terminaran por encontrarme”.

     Los dos hombres seguían moviéndose lentamente a través del callejón, revisando de manera metódica cada uno de los posibles escondites. A pesar de haber sacado sus armas no avanzaban apuntando, lo que resaltaba la impresión de Wraith de que su misión no era matarlo. Sentía mucha curiosidad por saber quién los había enviado y por qué; sin embargo, no se sentía de ánimo para interrogatorios, y aunque todavía tenía bastante tiempo disponible no pensaba malgastarlo en este aburrido juego del gato y el ratón.

     Así que se decidió por el camino rápido y se dejó caer sobre uno de los mercenarios, desde la pequeña plataforma en la que se había estado ocultando, a unos 5 metros sobre el suelo. Los huesos de la clavícula derecha del tipo crujieron cuando el codo de Wraith se clavó en ellos, obligándolo a soltar su arma en un espasmo de dolor. Sin darle tiempo a reaccionar, un puñetazo dirigido con precisión a su oído lo derribó, dejándolo en el suelo hecho un ovillo.

     El segundo perseguidor había reaccionado con velocidad, sobrecargando su sistema con adrenalina sintética; sin embargo, al levantar su pistola había dudado por un instante, para luego disparar hacía las piernas de su atacante. Ese ligero retraso había sido suficiente para Wraith, que dio un paso al diagonal para acortar la distancia y salir de la línea de disparo, esquivando el ataque, y aprovechando la cercanía para hundir su rodilla izquierda en uno de los costados del sujeto. Este intentó disparar a quemarropa sin éxito alguno, para luego sentir como un puño se insertaba con fuerza en el costado opuesto, haciéndole aún más difícil respirar; sin embargo intentó mantenerse en la batalla dando un paso atrás para crear algo de distancia, y lanzando un amplio golpe horizontal con la culata de su arma. Wraith lo esquivo con facilidad, agachándose un poco para luego subir con un golpe directo a la mandíbula del pistolero, que se desplomó sobre el pavimento.

     -No eran tan buenos al final –dijo en voz baja para sí mismo, mientras contemplaba a los dos hombres inconscientes en el suelo.

     Se inclinó sobre ambos y se tomó unos minutos revisándolos, para luego llevarse sus armas, sus teléfonos y sus billeteras, con la esperanza de encontrar alguna pista. Después regresó sobre sus pasos, hacía la atestada calle principal por la que había estado caminando inicialmente, antes de ser interrumpido. La multitud había aumentado, ahora que los empleados salían en grandes cantidades de los edificios corporativos, y los puestos de comida callejeros que inundaban las aceras trabajaban a toda marcha para calmar el hambre de obreros y ejecutivos por igual.

     El olor a carne cocida y a salsa de soya inundó la nariz de Wraith, y no pudo evitar sentir la punzada del hambre en su estómago. Dio una rápida ojeada a su alrededor, eligiendo un puesto de yakitori que se veía (o más bien olía) prometedor. Acto seguido sacó una de sus billeteras recién adquiridas, tomó un par de billetes de su interior y se dirigió sin prisas hacía el pequeño puesto de comida, sin poder evitar sonreír en el proceso.


domingo, 15 de marzo de 2015

Hong Kong 01


      El lento atardecer había terminado por fin, y la oscuridad se cerraba sobre las calles abarrotadas de gente. Sin embargo, las luces de la ciudad reaccionaron con velocidad, prendiéndose al unísono, como si temieran la llegada de la noche, inundando las calles con su resplandor artificial. Además del alumbrado excesivo de los andenes y de las infinitas luces de las ventanas de los rascacielos corporativos, incontables anuncios de neón se encendieron a lo largo de las calles, señalando todo tipo de negocios legales e ilegales. Incluso al mirar al horizonte, al otro lado de la Bahía Victoria, se veían las brillantes luces del enorme puerto de carga que seguiría trabajando hasta muy altas horas de la noche, casi sin descanso. Y detrás del puerto la enorme mole de la arcología de la sociedad portuaria inundaba el cielo, recubierta de innumerables puntitos de luz.

     “-Hay cosas que no cambian” -pensó Wraith mirando al horizonte, sin prestar atención a la multitud que le rodeaba-. “Al menos cinco milenios de civilización documentada, y seguimos teniendo miedo a la oscuridad”.

      Miró su reloj para constatar -de forma innecesaria- que aún tenía mucho tiempo antes de la reunión, y continuó deambulando sin rumbo entre las calles atestadas. Por regla general solía evitar las multitudes; pero aquí, en la isla, se encontraba absorto en el remolino de etnias y de idiomas que le rodeaba, como si alguien hubiese comprimido el mundo en unas pocas manzanas como parte de algún extraño experimento social, o como si la maldición de Babel hubiese caído de repente sobre una atestada ciudad moderna, dejando a sus habitantes incapaces de comunicarse entre sí en una lengua común.

      Además del inglés y el mandarín que eran los idiomas oficiales de lugar, podía reconocer a su alrededor conversaciones en al menos una docena de diferente de idiomas, tanto europeos como asiáticos, sin contar los innumerables dialectos chinos que se escapaban a su comprensión. Y las caras de los hablantes eran tan diversas como sus voces, los impecables ejecutivos ingleses, chinos y japoneses se entremezclaban con los marineros africanos, los turistas alemanes, los exportadores norteamericanos, y un mar de prostitutas, contrabandistas y buscavidas de todos los rincones del globo.

      Era fácil perderse entre la multitud, arrastrada por el barullo, los ríos de caminantes y las luces de neón, convirtiéndose simplemente en una gota más de este maremágnum humano; pero incluso en medio de este caos Wraith se sentía como una pequeña isla inaccesible, un simple observador metido en una jaula de Plexiglas en medio de una selva. Sus sentidos permanecían tan alertas como siempre, y por eso había notado con facilidad al par de tipos que lo seguían desde hace 8 minutos, intentando confundirse entre el entorno, pero manteniéndose siempre atentos a sus movimientos.

      “-Son profesionales” -pensó, mirándolos de forma indirecta con su visión periférica, mientras simulaba mirar un puesto de comida a unos pocos metros de ellos-, “saben mezclarse con una multitud y mantener la distancia sin perder el rastro de su objetivo, y ambos van armados. Tienen pinta de euromercenarios; pero no parece que su misión sea atacarme, al menos por ahora. Así que vamos a jugar un poco…”

      Fingiendo que no los había notado, siguió caminando de forma errática, aparentemente distraído por los anuncios, el ruido y la multitud; sin embargo, en su mente se dibujaba con claridad un mapa de la isla, y poco a poco empezó a dirigirse hacia un área que a esa hora tendría menos transeúntes. Después de unos minutos los mercenarios parecieron darse cuenta de sus intenciones, y empezaron a acortar la distancia que los separaba.

      “Son buenos” -pensó, al darse cuenta que habían descubierto su treta-, ahora vamos a ver cuánto”. -Y de forma súbita, con un par de pasos acelerados, se introdujo en un estrecho callejón lateral…


lunes, 20 de octubre de 2014

Aftermath

     -Entonces –dijo Eve, con un evidente tono de molestia-, ¿no sólo no intentaste rescatarme, sino que además te dedicaste a sabotear intencionalmente al grupo enviado para sacarme de allí?

     -Sí. Así es –respondió Wraith con total tranquilidad-. Ya-sabemos-quién quería probar a ese grupo, y simplemente me limité a ponerles las cosas un tanto difíciles para ver que tal trabajaban bajo presión, y como reaccionaban frente a los imprevistos.

     -¿Y yo que me vaya al cuerno? Bueno, supongo que soy fácil de remplazar, ¿cierto?

     -Para ser un replicante puedes llegar bastante dramática, ¿no te lo han dicho?

     -Te recuerdo que mis patrones de pensamiento son fiel copia de los patrones humanos. Pero tienes razón –el tono de Eve se hizo más tenue y afilado-, sólo soy una máquina. Supongo que soy tan reemplazable como el tanque araña.

     -No, claro que no -Wraith se mordió la lengua intentando no decir algo ofensivo; pero lo fue imposible evitarlo, le encantaba verla enojar- vales como 20 veces más créditos que el tanque. Además, eres un prototipo único y si llegamos a perderte nos arrancarían a todos la cabeza.

       
    La miró a los ojos buscando ver su furia crecer, pero lo que encontró fue algo muy diferente: la replicante bajó la mirada y suspiró, y Wraith pudo percibir un claro dejo de tristeza en su rostro. Para su propia sorpresa, no pudo evitar sentirse mal por ello.

     -Vamos Eve, sólo estoy bromeando. Era un grupo de profesionales, y yo siempre estuve cerca de ellos. Sí las cosas se hubieran salido de control, yo mismo te hubiese sacado de allí. Además, Reaper y Blackhand estaban a sólo un par de cuadras, listos para entrar de ser necesario. Al final todo salió bien, ¿no?

    Eve levanto la vista y lo miró a los ojos, y él supo que lo analizaba para ver si decía la verdad. Al parecer quedó satisfecha, porque su expresión se suavizó un poco y el muy leve rastro de una sonrisa apareció en sus labios. Wraith esperó por una respuesta, pero la replicante permaneció callada mientras seguía mirándolo fijamente a los ojos. La situación empezaba a hacerse incómoda para el mercenario, pero se obligó a sostenerla la mirada con igual intensidad. Para su suerte, Blackhand entró de forma súbita en ese momento, obligándolo a voltear la cabeza.
 
    -Dejen sus discusiones matrimoniales para otro momento -dijo con el tono ácido de siempre-, tenemos trabajo por hacer, y no hay tiempo que perder.

    -¿Qué sucede? –respondió Wraith, haciendo caso omiso de la burla y volviendo a su habitual tono despreocupado.

    -Alguien va a armar un revuelo grande en la zona industrial de Hannover esta noche, y nuestro actual empleador quiere que aprovechemos la distracción para dar un golpe en un área cercana. Tenemos menos de dos horas para recoger todo y llegar allí. 


    -Bueno –dijo Eve con un falso suspiro-, me alegro de que no hayamos desempacado...

martes, 19 de agosto de 2014

End of the World

      Aparcó su vehículo en una acera, en medio de una hilera de autos abandonados, apagó el motor y bajó al tiempo en que escudriñaba el entorno de forma minuciosa. No es que esperara ver a alguien, llevaba al menos dos años sin encontrar de forma casual a otro ser humano, pero el enorme silencio de la ciudad abandonada siempre lo ponía un poco nervioso. Además, estaba al lado de un parque de gran tamaño, y los perros que había logrado sobrevivir al abandono se habían refugiado allí, volviéndose ferales a medida que el hambre había despertado sus instintos. En sus incursiones se había encontrado unas cuantas veces con la manada, hasta ahora sin mayores contratiempos; pero sabía muy bien que si habían tenido una mala semana era muy probable que lo vieron como alimento. 

      Pensando en eso había traído un paquete especial, que sacó del platón de la camioneta rápidamente. Caminó a toda velocidad en dirección opuesta a su verdadero destino, y al llegar a la esquina dejó caer al suelo el envoltorio, que contenía una cabra que había sacrificado poco antes de salir. El olor a sangre era fuerte, y no tardaría en atraer la atención de los perros, que se entretendrían durante un buen rato, permitiéndole actuar con mayor tranquilidad. De inmediato regresó sobre sus pasos, para luego dirigirse al extremo opuesto de la arboleda, hacía el solitario edificio de mediana altura que era su objetivo. Al llegar allí subió rápidamente la escalera que llevaba a la entrada, ubicada varios metros por encima del nivel del suelo, y se tomó un instante para darse la vuelta y contemplar el panorama.

     Conocía muy bien el lugar, durante años había vivido cerca y solía traer a sus propios perros a pasear cada día; sin embargo, del parque de sus recuerdos quedaba muy poco: sin presencia humana y bajo el libre influjo de la naturaleza había terminado por convertirse en un bosque de poca extensión, pero con abundante follaje. Un paraje salvaje que era un reducto de vida en medio de la ciudad desolada. Sin poder evitarlo, su vista fue un poco más lejos, un par de cuadras más allá de los linderos de la arboleda, para posarse de manera nostálgica en el pequeño edificio de cuatro pisos en el que había habitado -felizmente- durante años, y en la ventana desde la cual solía mirar al parque. 

     Habían pasado ya cinco años desde que el virus cruzara el océano, y se expandiera por el mundo, reduciendo la población de manera drástica a su paso. Algunos países lograron hacerle frente mejor que otros, saliendo bien librados de la pandemia; pero aquí, en América Latina, la sobrepoblación y la falta de un adecuado sistema de salud pública habían llevado a que la mortandad fuera tan elevada como en África, punto de origen de la infección, con unas tasas que alcanzaron el 90% en las ciudades más densamente pobladas. Llevando a los pocos sobrevivientes a abandonar las áreas urbanas y regresar al campo en busca de sustento. 
 
     Él se consideraba muy afortunado: tanto su esposa como uno de sus hermanos habían logrado sobrevivir, y todos hacían parte de una pequeña colonia agrícola situada unos pocos kilómetros al sur del área metropolitana, en lo que alguna vez fuera un conjunto residencial campestre para los más adinerados. Los primeros años habían sido difíciles, con la escasez de alimentos y medicinas; pero las cosas iban marchando mucho mejor ahora. Los cultivos habían prosperado, las gallinas se habían multiplicado y había suficiente comida para todos. Con lo cual ahora las incursiones en busca de alimento eran por completo innecesarias. 

      Sin embargo, había algo que lo hacía regresar una y otra vez a la ciudad abandonada, a pesar de las recriminaciones del grupo por el gasto de insumos que representaba cada uno de sus viajes, de que las reservas de combustible cada vez menores y de los peligros inherentes. Algo que no podía producir y que cada vez era más difícil de encontrar, algo que se le hacía tan indispensable como la comida para poder sobrevivir, algo que debía ser preservado con todos sus esfuerzos, para épocas posteriores. Y ese algo se encontraba justamente a sus espaldas… 

      -“Cada vez es más difícil venir” -se dijo a sí mismo, con tono preocupado-, así que debo llevar todo lo que me sea posible en este viaje”-. Se dio la vuelta con un suspiro, alistó sus bolsos y entró sonriendo a la biblioteca.


domingo, 10 de agosto de 2014

10 años después.

      A medida que amanecía la luz del alba empezó a inundar la casa a través de los enormes ventanales que daban a la bahía. Pronto, con la aparición del sol, la ciudad de Prada Hanam empezó a despertar, y unos minutos después las calles estuvieron llenas del barullo de la gente y los gritos de los vendedores callejeros que ofrecían toda suerte de mercancías. Kavi se levantó de la cama con la primera luz de la mañana, aunque la verdad estaba despierto desde mucho antes, y se dirigió de inmediato a las ventanas de la habitación, abriéndolas de par en par para dejar entrar el olor del mar y contemplar fijamente el puerto, buscando con su mirada el barco que hoy lo alejaría de la isla.
     Alisha se levantó unos instantes después, siguiéndolo de forma silenciosa y rodeándolo con sus brazos al llegar a la ventana.

      -Deberías intentar disimular tus ganas de abandonarme –dijo con voz suave y aún adormilada-. O al menos fingir que estás triste por partir.

      -Sabes mejor que nadie cuanto voy a extrañarte –respondió él dándose la vuelta para abrazarla, con un dejo visible de tristeza en los ojos-. Pero me consuela que será por poco tiempo, antes de dos lunas estaré de regreso.

    -No es obligatorio que vayas. Eres el superior de tu orden en todo Jalmeray, podrías enviar a cualquiera de los cronistas que están a tu servicio. Nosotros podríamos regresar a Niswan, y quedarnos en nuestra casa o alojarnos en el palacio de mi primo durante una temporada.

     -No, no debo ir; pero quiero ir. Además, el Thakur tiene otras cosas de las que preocuparse en estos momentos, como para estarlo importunando con nuestra presencia.

      -Mayor razón para que te quedes. Tu consejo y tu magia siempre le han sido de gran ayuda.

   -De momento no me necesita, me he asegurado de ello. Además, siempre cuenta con el Maurya-Rahm para ayudarlo a tomar las decisiones de mayor importancia.

    -¿No hay nada que pueda hacer por detenerte? –dijo ella al tiempo en que le abrazaba con fuerza y recostaba la cabeza en su hombro.

    -Claro que sí. Sabes muy bien que bastaría tu palabra para detenerme; pero tú no me harías eso, ¿o sí?

    -No, no lo haré. Pero no logro entender tu deseo de partir. Eres uno de los principales consejeros del palacio real y vas a ser nombrado guardián del conocimiento en unos meses, estás casado con una de las primas del Thakur y eres el jefe de tu sociedad en toda la isla. Aquí tienes todo lo que un hombre puede desear…

    -Todo y más amor mío, todo y más. Pero fue justamente en la pequeña isla hacia la que partiré hoy donde, hace diez años, senté las bases de todo eso. Fue allí donde me enfrenté al dragón al que debo mi fama, fue allí donde entré a la cámara del Fénix de Rubí e inscribí mi nombre de forma permanente en la historia de mi orden. Y es en honor a todo eso que ahora debo regresar. Todos mis antiguos compañeros estarán allí: Fau Kong es ahora el jefe de la Guardia Rubí, y Viento de Tormenta es el primer juez del torneo. Además Ryonosuke y el Lince Gris van a ser evaluadores. Y a pesar de que no he sabido nada de él, estoy casi seguro que Chin-Gong volverá a aparecer como competidor. Aunque, de todo corazón, espero que Varanus se quede en Tian.

     -Sólo prométeme que no participaras en el torneo.

    -Amada esposa mía, esa promesa sobra. La primera vez participé contra mi propia voluntad, y ahora ya estoy 10 años más viejo. Sería incapaz de volver a pasar por eso. Pero si tanto lo deseas, lo prometo: no participaré en el torneo, ni como combatiente ni como examinador.

    -Y prométeme que no vas a meterte en problemas.

   -Bueno -dijo Kavi con una sonrisa de disculpa-, tú me conoces amor, eso es algo que, gracias a los dioses, nunca he podido prometer.